Voy conduciendo despacio,
la carretera frente a mí,
las luces dibujando sombras
y mi mente… lejos de aquí.
Porque basta con pensarte
para que cambie el paisaje,
y aunque mis manos lleven el volante,
mi corazón emprende otro viaje.
Voy mirando la carretera,
pero apareces tú de repente,
con esa sonrisa traviesa
que enciende despacio mi mente.
Y pienso…
¿qué pasaría si estuvieras a mi lado?
Quizá hablaríamos de cualquier cosa,
o quizá guardaríamos silencio,
ese silencio cómplice
que deja sonrisas en los labios
y preguntas flotando en el aire.
Me imagino tu mano buscando la mía,
como quien no quiere la cosa,
rozándome apenas los dedos
con una ternura peligrosa.
Y yo fingiendo ser prudente,
mirando al frente, serena,
mientras por dentro me desordenas
con solo imaginar tu cercanía.
—¡Cuidado! —me diría la razón—,
que estás conduciendo.
Y yo le respondería bajito:
—Ya lo sé…
pero ¿cómo quieres que conduzca tranquila
si llevo su recuerdo de copiloto,
su voz rondando mis pensamientos
y su mirada sentada en mi corazón?
Entonces vuelvo a la carretera,
sonrío y sigo adelante,
porque tengo fe en que algún día
el destino hará lo importante.
Quizá una curva nos acerque,
quizá un camino nos encuentre,
quizá la vida, que sabe tanto,
nos cubra bajo su manto.
Y cuando llegue ese momento,
prometo conducir despacio…
aunque no sé si podré hacerlo
si te tengo tan cerca,
si tu hombro roza el mío
y tus ojos me siguen mirando
como si conocieran
cada secreto que callo.
Porque una cosa tengo clara:
si tú fueras mi compañero de viaje,
no necesitaría ningún mapa,
ni siquiera saber el destino.
Me bastaría con tu mano,
tu sonrisa y tu calor,
con ese modo tuyo de acercarte
sin pedir permiso al corazón.
Una carretera sin prisa,
la noche tendida alrededor,
y dos corazones aprendiendo
a latir en la misma dirección.
Porque no importa cuánto avance
ni cuántas curvas queden por recorrer:
si voy contigo en mis pensamientos,
hasta perderme prodria ser…
Y mientras tanto,
sigo conduciendo sola…
Bueno…
sola del todo, no.
Vas conmigo en cada kilómetro,
en cada luz que cruza la noche,
en cada canción que emite la radio y lo que todavía no me atrevo a decir.
Vas conmigo, amor,
aunque aún no ocupes el asiento de al lado;
porque mientras mi cuerpo sigue el camino,
mi corazón te ve en su destino.
Y cuando por fin nuestras manos
se encuentren sobre el mismo volante,
no habrá mapa, miedo ni distancia:
solo una ruta abierta,
tu mirada junto a la mía
y la certeza de que, desde siempre,
mientras conduzco, voy contigo.
Autora: Isabel Poyato Chacón
