En nuestro valle se me perdieron dos lágrimas,
las más grandes que tenía,
y ya no puedo encontrarlas,
ni siquiera sé dónde buscarlas.
Mira, hermano,
corre al valle y búscalas entre las gramas.
Ten cuidado,
no vayas a confundirlas
con el rocío de la escarcha.
Mis lágrimas son más puras
y más amargas que las del alba;
tal vez, por ser tan espesas,
se hayan convertido en luciérnagas
que en la noche se derraman.
O quizá, por ser tan ingrávidas,
subieron despacio hasta el cielo
y se escondieron entre las estrellas,
para que nadie pudiera verlas
ni saber cuánto dolieron.
Búscalas de todos modos, hermano,
entre la hierba, bajo los árboles,
junto a la fuente o entre las piedras;
búscalas donde el valle guarde
los secretos que nadie cuenta.
Y cuando las halles,
no las dejes caer de nuevo.
Guárdalas con cuidado
en dos pequeñas cajitas, hermano,
como para niñas blancas,
como si fueran dos almas
que aún conservaran su infancia.
No las abras en la noche
ni preguntes de dónde vienen.
Déjalas dormir en silencio,
porque quizá dentro de ellas
todavía viva el recuerdo
de aquello que un día perdimos.
Y si alguna vez las ves brillar,
no intentes apagarlas.
Tal vez sean mis dos lágrimas
buscando regresar a casa,
convertidas en luz
para enseñarnos el camino
de vuelta al valle.
Autora: Isabel Poyato Chacón
