La felicidad de un instante dos
Qué efímera es la felicidad,
apenas un soplo,
un instante que llega sin avisar.
A veces no llama a la puerta,
llega a escondidas
y, antes de que podamos retenerla,
se va.
Siempre se va.
Pero qué hermoso es ese instante
cuando un abrazo nos encuentra,
cuando apoyas la cabeza en mi regazo
y el silencio se acaba,
cuando mis manos encuentran las tuyas
y sentimos ese calor sencillo
que no necesita nada.
Qué hermoso es caminar juntos,
al compás de los mismos pasos,
sin prisa, sin destino,
con tu brazo sobre mis hombros
y el mío sujeto a tu cintura.
Cuando caminamos despacio
y nuestras sombras se entrelazan,
cuando el viento nos despeina
y ya no nos importa nada.
Cuando una mirada dice «te quiero»
sin necesidad de palabras,
cuando nos reímos por cualquier tontería
y la vida parece, por un momento,
mucho más sencilla.
Y entonces nos miramos…
y sonreímos.
Son instantes pequeños,
casi invisibles,
pero colmados de felicidad.
Cuando llega la noche
y buscamos juntos una estrella,
cuando el cielo se queda en silencio
y tú te acercas un poco más,
como si quisieras detener
el paso inevitable de las horas.
Cuando simplemente estamos,
sin preguntas, sin miedo,
sin pensar en el mañana.
Quizá sea despertar
y saber que alguien piensa en ti,
o cerrar los ojos por la noche
con la certeza de que, en algún lugar,
también alguien te recuerda.
Quizá la felicidad sea eso:
no una vida sin penas,
ni un lugar donde el tiempo se detenga,
sino esos pequeños momentos
que la vida nos regala
para recordarnos
que merece la pena sentir.
Porque la felicidad no dura,
pero deja huella.
Deja algo de luz en el alma,
un calor pequeño y persistente,
una memoria que vuelve
cuando más la necesitamos.
Por eso no quiero pedirle eternidad.
No quiero encerrarla
para que nunca escape.
Quiero vivirla cuando llegue,
sin miedo a perderla,
sin pensar cuánto durará.
Quiero abrazarte
mientras dure el abrazo,
mirarte mientras tus ojos sonríen,
caminar contigo mientras nuestros pasos coincidan,
sentir nuestras manos unidas
mientras el calor permanezca.
Porque tal vez vivir
sea precisamente aprender esto:
que lo más hermoso
no siempre dura mucho,
pero puede durar para siempre
dentro de nosotros.
Y aunque el abrazo termine,
aunque las manos se separen,
aunque nuestros pasos
dejen de sonar juntos,
queda dentro de nosotros
ese instante diminuto y eterno
en el que fuimos felices.
Y quizá amar sea precisamente eso:
saber reconocer la felicidad
cuando llega,
abrazarla fuerte mientras permanece
y agradecerla
cuando se va.
Y si algún día
solo nos queda el recuerdo,
que sea un recuerdo lleno de luz.
Porque quizá la felicidad
no sea otra cosa
que esto:
un instante contigo
que el tiempo no pudo quedarse,
pero que mi corazón
se negó a olvidar.
Autora: Isabel Poyato Chacón
