Llevan siglos jugando al escondite,
mirándose de lejos, sin tocarse;
él, derramando fuego por acercarse,
ella, coqueta, esquivando la cita.

Dice la galaxia que él es demasiado intenso,
que arde de impaciencia por tenerla;
y que la Luna, orgullosa y bella,
se hace la fría para encender su deseo.
Pero nadie conoce su secreto:
aunque se busquen por cielos diferentes,
hay un hilo invisible entre los dos,
un latido que los mantiene frente a frente.
Tardan lo suyo en cumplir la cita,
porque el destino tiene sus maneras;
han de encontrarse las órbitas viajeras
para que la pasión se vuelva infinita.
Y entonces llega el eclipse,
esa cita clandestina y esperada:
ella se acerca, misteriosa y callada,
y él se abandona a su dulce hechizo.
Por un instante, el día se hace noche,
el mundo contiene el aliento y se estremece;
la luz se esconde, la sombra aparece,
y el cielo entero contempla su derroche.
Se abrazan sin prisa en la penumbra,
como dos amantes que olvidaron el tiempo;
él le entrega su fuego, ella su misterio,
y hasta la noche de su encuentro se deslumbra.
Ella le roba un poquito de su luz,
él le regala un rincón de su fuego;
y entre sombra y resplandor, juego tras juego,
se dicen sin palabras: «solo tú».
Es un amor de siglos y distancias,
de esperas, de encuentros y despedidas;
un amor que se busca por las vidas
y que convierte el deseo en esperanza.
Porque quizá amar sea justamente eso:
esperarse sin dejar de buscarse,
arder desde lejos, soñarse,
y encontrarse cuando lo decide el universo.
Por eso, cuando el Sol besa a la Luna
y el día se queda a oscuras de repente,
hasta el cielo parece saber lo que siente:
que no hay distancia capaz de vencer a dos amantes
cuando el destino los reúne bajo la misma luna.
Autora: Isabel Poyato Chacón