Los cristales de la ventana vibraban, sacudidos por un viento inclemente.
Sobre los tejados de tejas rojas, las veletas giraban enloquecidas, como empujadas por una mano invisible.
El cielo, negro y cargado, amontonaba nubarrones que imponían temor con solo mirarlos.
El viento del norte se colaba por las rendijas de las ventanas y recorría la habitación con insolencia, como quien entra sin permiso.
Le helaba las manos, los pies… y hasta el alma.
De pronto, una luz violenta, cegadora, irrumpió entre las cortinas.
Nació en el vientre oscuro de las nubes y, en un zigzag de fuego, atravesó la tela, convirtiendo el dormitorio en un escenario fantasmal.
Él se quedó inmóvil.
Segundos después, un estruendo sacudió la casa.
El trueno.
Parecía un millón de látigos al unísono, con su eco rebotando entre valles y montes.
Entonces recordó a Santa Bárbara bendita y musitó una oración.
Pero no era solo el temporal lo que lo hacía temblar.
Había otra tormenta.
Más antigua. Más silenciosa. Encerrada demasiado tiempo en su pecho.
Aquel hombre, solo en la cama, se arropó hasta la barbilla.
Las mantas cubrían su cuerpo, pero no su alma.
Porque su alma estaba desnuda.
Desnuda y helada.
Cerró los ojos.
Y la vio.
A ella.
La mujer que se había marchado, dejando un silencio más frío que el viento del norte.
Recordó sus manos, su voz, su forma de mirarlo cuando creía que él no lo veía.
Y, por un instante, sonrió.
—Maldita sea —susurró—. Ni muerta me dejas tranquilo.
Se acomodó entre las mantas y escuchó otro trueno.
Esta vez no rezó.
Porque había tormentas que daban miedo… y otras que, una vez vividas, hasta se echaban de menos.
Sonrió de nuevo, apenas, con una culpa suave.
Afuera, la Naturaleza rugía.
Adentro, él libraba su propia batalla.
Y comprendió que quizá no era el temporal lo que la hacía temblar.
Quizá era la memoria.
O quizá… era ella, que aún sabía encontrarlo incluso en la noche más oscura.
Autora: Isabel Poyato Chacón
