septiembre 15, 2026

TRILOGÍA

TENTACIÓN, DESEO Y BESO

I. TENTACIONES

Te deseo,

pero es mi secreto

y debo guardarlo

en esos instantes

en que la distancia

nos separa.

Quisiera complacerte…

dejar que mis manos trazaran

el idioma que la prudencia calla,

que mi boca rozara la tuya,

que mi piel dejara de imaginar.

Pero no siempre puedo.

Hay tentaciones que se ocultan

y aguardan, pacientes,

a que la razón cierre los ojos.

Y yo lucho con ellas

a escondidas,

como una brasa

bajo la ceniza.

Quizá lo más difícil de desear

no sea anhelarte,

sino reconocer el impulso

y tener que dejarlo suspendido

entre la intención y el gesto.

Porque hay besos

que llegan primero a la imaginación

y dejan los labios esperando;

caricias que despiertan

sin haber encontrado todavía un cuerpo,

y noches enteras

en las que mi pensamiento

se atreve a cruzar

el umbral

que la realidad custodia.

Es que hay tentaciones

que no aceptan apagarse.

Y tú eres la mía.

La que deseo,

la que sueño,

la que despierta mis sentidos,

la que aparece en mis noches

cuando la distancia se hace silencio.

La que, aun sin poder complacerte,

sigo queriendo

con toda la ternura

y todo el fuego

que caben en mi amor.

II. ENTRE EL MIEDO Y EL DESEO

Hay un instante,

justo antes de besarte,

en el que mi cuerpo deja de obedecerme.

Te acercas…

y mi respiración se vuelve corta.

Intento mantenerme serena,

pero siento el corazón golpeándome el pecho

como si quisiera escapar de mí

para llegar hasta ti.

Mis manos no saben dónde ponerse.

Las escondo.

Las aprieto.

Me digo que no debo tocarte.

Pero mis dedos tiemblan

con unas ganas que no consigo callar.

Quiero acercarme.

Mi cuerpo lo hace casi sin permiso.

Un pequeño movimiento.

Apenas unos centímetros.

Y entonces mi razón me detiene.

Retrocedo.

Solo un poco.

Lo suficiente para recuperar el aire.

Pero tú sigues ahí.

Y vuelvo a sentir ese impulso

que me atraviesa entera.

Quiero sentir tus brazos alrededor de mí.

Quiero apoyar mis manos sobre ti

y dejar de fingir que no deseo hacerlo.

Quiero acercar mi rostro al tuyo

hasta sentir tu respiración

rozándome los labios.

Pero tengo miedo.

Y ese miedo también se siente en el cuerpo.

En el nudo que se me forma en el estómago.

En el calor que me sube por la piel.

En ese temblor pequeño

que intento esconder

mientras tú me miras.

Respiro profundamente.

Una vez.

Otra.

Pero no sirve.

Porque cuanto más intento calmarme,

más consciente soy de ti.

De tu cercanía.

De tu boca.

De tus ojos.

De la distancia mínima

que todavía existe entre nosotros.

Mis labios se entreabren

sin que yo lo decida.

Porque sé lo que significa.

Sé que estoy a punto de rendirme.

Entonces cierro los ojos.

Y durante un instante

me digo que no.

Que debo detenerme.

Que debo protegerme.

Pero mi cuerpo responde otra cosa.

Se inclina hacia ti.

Mi mano casi te toca.

Mis labios buscan los tuyos

antes de que mi razón pueda impedirlo.

Y me detengo.

A un suspiro de tu boca.

Qué cruel es ese instante…

tenerte tan cerca

que podría besarte

y, al mismo tiempo,

sentir que hacerlo

podría cambiar mi vida.

Abro los ojos.

Te miro.

Y ahí está otra vez

esa batalla imposible:

mi miedo diciendo vete,

mi deseo susurrando quédate.

Y yo…

en medio.

Temblando.

Deseándote.

Intentando resistirme.

Hasta que comprendo

que quizá mi mayor lucha

no es decidir si voy a besarte.

Es decidir

cuánto tiempo más

puedo seguir luchando contra mi propio cuerpo.

Y yo,

deseándote en silencio,

preguntándome cuánto tiempo más

podré seguir fingiendo

que no eres

mi tentación más difícil

y mi miedo más hermoso.

Autora:Isabel Poyato Chacón

II. ENTRE EL MIEDO Y EL DESEO

Hay un instante,

justo antes de besarte,

en el que mi cuerpo deja de obedecerme.

Te acercas…

y mi respiración se vuelve corta.

Intento mantenerme serena,

pero siento el corazón golpeándome el pecho

como si quisiera escapar de mí

para llegar hasta ti.

Mis manos no saben dónde ponerse.

Las escondo.

Las aprieto.

Me digo que no debo tocarte.

Pero mis dedos tiemblan

con unas ganas que no consigo callar.

Quiero acercarme.

Mi cuerpo lo hace casi sin permiso.

Un pequeño movimiento.

Apenas unos centímetros.

Y entonces mi razón me detiene.

Retrocedo.

Solo un poco.

Lo suficiente para recuperar el aire.

Pero tú sigues ahí.

Y vuelvo a sentir ese impulso

que me atraviesa entera.

Quiero sentir tus brazos alrededor de mí.

Quiero apoyar mis manos sobre ti

y dejar de fingir que no deseo hacerlo.

Quiero acercar mi rostro al tuyo

hasta sentir tu respiración

rozándome los labios.

Pero tengo miedo.

Y ese miedo también se siente en el cuerpo.

En el nudo que se me forma en el estómago.

En el calor que me sube por la piel.

En ese temblor pequeño

que intento esconder

mientras tú me miras.

Respiro profundamente.

Una vez.

Otra.

Pero no sirve.

Porque cuanto más intento calmarme,

más consciente soy de ti.

De tu cercanía.

De tu boca.

De tus ojos.

De la distancia mínima

que todavía existe entre nosotros.

Mis labios se entreabren

sin que yo lo decida.

Porque sé lo que significa.

Sé que estoy a punto de rendirme.

Entonces cierro los ojos.

Y durante un instante

me digo que no.

Que debo detenerme.

Que debo protegerme.

Pero mi cuerpo responde otra cosa.

Se inclina hacia ti.

Mi mano casi te toca.

Mis labios buscan los tuyos

antes de que mi razón pueda impedirlo.

Y me detengo.

A un suspiro de tu boca.

Qué cruel es ese instante…

tenerte tan cerca

que podría besarte

y, al mismo tiempo,

sentir que hacerlo

podría cambiar mi vida.

Abro los ojos.

Te miro.

Y ahí está otra vez

esa batalla imposible:

mi miedo diciendo vete,

mi deseo susurrando quédate.

Y yo…

en medio.

Temblando.

Deseándote.

Intentando resistirme.

Hasta que comprendo

que quizá mi mayor lucha

no es decidir si voy a besarte.

Es decidir

cuánto tiempo más

puedo seguir luchando contra mi propio cuerpo.

Y yo,

deseándote en silencio,

preguntándome cuánto tiempo más

podré seguir fingiendo

que no eres

mi tentación más difícil

y mi miedo más hermoso.

Hay un instante,

justo antes de besarte,

en el que mi cuerpo deja de obedecerme.

Te acercas…

y mi respiración se vuelve corta.

Intento mantenerme serena,

pero siento el corazón golpeándome el pecho

como si quisiera escapar de mí

para llegar hasta ti.

Mis manos no saben dónde ponerse.

Las escondo.

Las aprieto.

Me digo que no debo tocarte.

Pero mis dedos tiemblan

con unas ganas que no consigo callar.

Quiero acercarme.

Mi cuerpo lo hace casi sin permiso.

Un pequeño movimiento.

Apenas unos centímetros.

Y entonces mi razón me detiene.

Retrocedo.

Solo un poco.

Lo suficiente para recuperar el aire.

Pero tú sigues ahí.

Y vuelvo a sentir ese impulso

que me atraviesa entera.

Quiero sentir tus brazos alrededor de mí.

Quiero apoyar mis manos sobre ti

y dejar de fingir que no deseo hacerlo.

Quiero acercar mi rostro al tuyo

hasta sentir tu respiración

rozándome los labios.

Pero tengo miedo.

Y ese miedo también se siente en el cuerpo.

En el nudo que se me forma en el estómago.

En el calor que me sube por la piel.

En ese temblor pequeño

que intento esconder

mientras tú me miras.

Respiro profundamente.

Una vez.

Otra.

Pero no sirve.

Porque cuanto más intento calmarme,

más consciente soy de ti.

De tu cercanía.

De tu boca.

De tus ojos.

De la distancia mínima

que todavía existe entre nosotros.

Mis labios se entreabren

sin que yo lo decida.

Porque sé lo que significa.

Sé que estoy a punto de rendirme.

Entonces cierro los ojos.

Y durante un instante

me digo que no.

Que debo detenerme.

Que debo protegerme.

Pero mi cuerpo responde otra cosa.

Se inclina hacia ti.

Mi mano casi te toca.

Mis labios buscan los tuyos

antes de que mi razón pueda impedirlo.

Y me detengo.

A un suspiro de tu boca.

Qué cruel es ese instante…

tenerte tan cerca

que podría besarte

y, al mismo tiempo,

sentir que hacerlo

podría cambiar mi vida.

Abro los ojos.

Te miro.

Y ahí está otra vez

esa batalla imposible:

mi miedo diciendo vete,

mi deseo susurrando quédate.

Y yo…

en medio.

Temblando.

Deseándote.

Intentando resistirme.

Hasta que comprendo

que quizá mi mayor lucha

no es decidir si voy a besarte.

Es decidir

cuánto tiempo más

puedo seguir luchando contra mi propio cuerpo.

Y yo,

deseándote en silencio,

preguntándome cuánto tiempo más

podré seguir fingiendo

que no eres

mi tentación más difícil

y mi miedo más hermoso.

Autora: Isabel Poyato Chacón

III. EL BESO QUE SOÑAMOS

Y entonces…

dejamos de luchar.

No sé quién se acercó primero.

Quizá fuiste tú.

Quizá fui yo.

O quizá fueron nuestros deseos

los que llevaban demasiado tiempo

acercándonos en silencio.

Solo sé

que aquella distancia diminuta

que tantas veces nos había detenido

de pronto dejó de existir.

Te miré.

Tú me miraste.

Y en tus ojos

ya no había preguntas.

Solo una certeza.

Me acerqué despacio,

como quien teme despertar un sueño,

y sentí tu respiración

mezclándose con la mía.

Un instante.

Solo uno.

Ese último instante

en el que todavía podíamos

echarnos atrás.

Pero no lo hicimos.

Mis labios encontraron los tuyos.

Y…

qué manera de callarse el mundo.

El tiempo se quedó quieto,

la noche perdió sus sonidos

y mi corazón,

que tantas veces había querido escapar de mi pecho,

por fin encontró dónde quedarse.

Te besé.

Sin miedo.

Sin esconderme.

Sin aquella prudencia

que tantas veces había puesto distancia

entre lo que sentía

y lo que deseaba.

Te besé

como se besa aquello

que durante mucho tiempo

solo se ha podido imaginar.

Y tú respondiste.

Entonces sentí

que aquella chispa que había guardado

bajo la ceniza

se encendía de golpe.

No era fuego que quemara.

Era fuego que alumbraba.

Una pequeña llamarada

recorriéndome por dentro,

recordándome

que algunas tentaciones

no llegan para destruirnos,

sino para mostrarnos

todo aquello que todavía

somos capaces de sentir.

Nos separamos apenas un instante.

Lo justo para respirar.

Lo justo para mirarnos.

Y sonreíste.

Esa sonrisa…

como si los dos supiéramos

que acabábamos de cruzar

una frontera

de la que ya no queríamos regresar.

Volví a acercarme.

Esta vez sin temblar.

Porque ya no había miedo.

Solo deseo.

Solo ternura.

Solo tú

y yo

y ese beso

que durante tanto tiempo

habíamos dejado esperando.

Y comprendí entonces

que no era el beso lo que habíamos conseguido.

Era algo mucho más hermoso:

habíamos conseguido

que el deseo dejara de ser secreto,

que la distancia dejara de mandar

y que nuestros labios dijeran

lo que nuestras palabras

llevaban demasiado tiempo callando.

Y mientras volvías a besarme,

pensé:

qué curioso…

Tanto tiempo luchando

contra la tentación…

para descubrir

que mi mejor derrota

eras tú.

Y que aquel beso…

aquel beso

era exactamente

el que soñamos.

Autora: Isabel Poyato Chacón

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