TENTACIÓN, DESEO Y BESO
I. TENTACIONES
Te deseo,
pero es mi secreto
y debo guardarlo
en esos instantes
en que la distancia
nos separa.
Quisiera complacerte…
dejar que mis manos trazaran
el idioma que la prudencia calla,
que mi boca rozara la tuya,
que mi piel dejara de imaginar.
Pero no siempre puedo.
Hay tentaciones que se ocultan
y aguardan, pacientes,
a que la razón cierre los ojos.
Y yo lucho con ellas
a escondidas,
como una brasa
bajo la ceniza.
Quizá lo más difícil de desear
no sea anhelarte,
sino reconocer el impulso
y tener que dejarlo suspendido
entre la intención y el gesto.
Porque hay besos
que llegan primero a la imaginación
y dejan los labios esperando;
caricias que despiertan
sin haber encontrado todavía un cuerpo,
y noches enteras
en las que mi pensamiento
se atreve a cruzar
el umbral
que la realidad custodia.
Es que hay tentaciones
que no aceptan apagarse.
Y tú eres la mía.
La que deseo,
la que sueño,
la que despierta mis sentidos,
la que aparece en mis noches
cuando la distancia se hace silencio.
La que, aun sin poder complacerte,
sigo queriendo
con toda la ternura
y todo el fuego
que caben en mi amor.

II. ENTRE EL MIEDO Y EL DESEO
Hay un instante,
justo antes de besarte,
en el que mi cuerpo deja de obedecerme.
Te acercas…
y mi respiración se vuelve corta.
Intento mantenerme serena,
pero siento el corazón golpeándome el pecho
como si quisiera escapar de mí
para llegar hasta ti.
Mis manos no saben dónde ponerse.
Las escondo.
Las aprieto.
Me digo que no debo tocarte.
Pero mis dedos tiemblan
con unas ganas que no consigo callar.
Quiero acercarme.
Mi cuerpo lo hace casi sin permiso.
Un pequeño movimiento.
Apenas unos centímetros.
Y entonces mi razón me detiene.
Retrocedo.
Solo un poco.
Lo suficiente para recuperar el aire.
Pero tú sigues ahí.
Y vuelvo a sentir ese impulso
que me atraviesa entera.
Quiero sentir tus brazos alrededor de mí.
Quiero apoyar mis manos sobre ti
y dejar de fingir que no deseo hacerlo.
Quiero acercar mi rostro al tuyo
hasta sentir tu respiración
rozándome los labios.
Pero tengo miedo.
Y ese miedo también se siente en el cuerpo.
En el nudo que se me forma en el estómago.
En el calor que me sube por la piel.
En ese temblor pequeño
que intento esconder
mientras tú me miras.
Respiro profundamente.
Una vez.
Otra.
Pero no sirve.
Porque cuanto más intento calmarme,
más consciente soy de ti.
De tu cercanía.
De tu boca.
De tus ojos.
De la distancia mínima
que todavía existe entre nosotros.
Mis labios se entreabren
sin que yo lo decida.
Porque sé lo que significa.
Sé que estoy a punto de rendirme.
Entonces cierro los ojos.
Y durante un instante
me digo que no.
Que debo detenerme.
Que debo protegerme.
Pero mi cuerpo responde otra cosa.
Se inclina hacia ti.
Mi mano casi te toca.
Mis labios buscan los tuyos
antes de que mi razón pueda impedirlo.
Y me detengo.
A un suspiro de tu boca.
Qué cruel es ese instante…
tenerte tan cerca
que podría besarte
y, al mismo tiempo,
sentir que hacerlo
podría cambiar mi vida.
Abro los ojos.
Te miro.
Y ahí está otra vez
esa batalla imposible:
mi miedo diciendo vete,
mi deseo susurrando quédate.
Y yo…
en medio.
Temblando.
Deseándote.
Intentando resistirme.
Hasta que comprendo
que quizá mi mayor lucha
no es decidir si voy a besarte.
Es decidir
cuánto tiempo más
puedo seguir luchando contra mi propio cuerpo.
Y yo,
deseándote en silencio,
preguntándome cuánto tiempo más
podré seguir fingiendo
que no eres
mi tentación más difícil
y mi miedo más hermoso.
Autora:Isabel Poyato Chacón

II. ENTRE EL MIEDO Y EL DESEO
Hay un instante,
justo antes de besarte,
en el que mi cuerpo deja de obedecerme.
Te acercas…
y mi respiración se vuelve corta.
Intento mantenerme serena,
pero siento el corazón golpeándome el pecho
como si quisiera escapar de mí
para llegar hasta ti.
Mis manos no saben dónde ponerse.
Las escondo.
Las aprieto.
Me digo que no debo tocarte.
Pero mis dedos tiemblan
con unas ganas que no consigo callar.
Quiero acercarme.
Mi cuerpo lo hace casi sin permiso.
Un pequeño movimiento.
Apenas unos centímetros.
Y entonces mi razón me detiene.
Retrocedo.
Solo un poco.
Lo suficiente para recuperar el aire.
Pero tú sigues ahí.
Y vuelvo a sentir ese impulso
que me atraviesa entera.
Quiero sentir tus brazos alrededor de mí.
Quiero apoyar mis manos sobre ti
y dejar de fingir que no deseo hacerlo.
Quiero acercar mi rostro al tuyo
hasta sentir tu respiración
rozándome los labios.
Pero tengo miedo.
Y ese miedo también se siente en el cuerpo.
En el nudo que se me forma en el estómago.
En el calor que me sube por la piel.
En ese temblor pequeño
que intento esconder
mientras tú me miras.
Respiro profundamente.
Una vez.
Otra.
Pero no sirve.
Porque cuanto más intento calmarme,
más consciente soy de ti.
De tu cercanía.
De tu boca.
De tus ojos.
De la distancia mínima
que todavía existe entre nosotros.
Mis labios se entreabren
sin que yo lo decida.
Porque sé lo que significa.
Sé que estoy a punto de rendirme.
Entonces cierro los ojos.
Y durante un instante
me digo que no.
Que debo detenerme.
Que debo protegerme.
Pero mi cuerpo responde otra cosa.
Se inclina hacia ti.
Mi mano casi te toca.
Mis labios buscan los tuyos
antes de que mi razón pueda impedirlo.
Y me detengo.
A un suspiro de tu boca.
Qué cruel es ese instante…
tenerte tan cerca
que podría besarte
y, al mismo tiempo,
sentir que hacerlo
podría cambiar mi vida.
Abro los ojos.
Te miro.
Y ahí está otra vez
esa batalla imposible:
mi miedo diciendo vete,
mi deseo susurrando quédate.
Y yo…
en medio.
Temblando.
Deseándote.
Intentando resistirme.
Hasta que comprendo
que quizá mi mayor lucha
no es decidir si voy a besarte.
Es decidir
cuánto tiempo más
puedo seguir luchando contra mi propio cuerpo.
Y yo,
deseándote en silencio,
preguntándome cuánto tiempo más
podré seguir fingiendo
que no eres
mi tentación más difícil
y mi miedo más hermoso.
Hay un instante,
justo antes de besarte,
en el que mi cuerpo deja de obedecerme.
Te acercas…
y mi respiración se vuelve corta.
Intento mantenerme serena,
pero siento el corazón golpeándome el pecho
como si quisiera escapar de mí
para llegar hasta ti.
Mis manos no saben dónde ponerse.
Las escondo.
Las aprieto.
Me digo que no debo tocarte.
Pero mis dedos tiemblan
con unas ganas que no consigo callar.
Quiero acercarme.
Mi cuerpo lo hace casi sin permiso.
Un pequeño movimiento.
Apenas unos centímetros.
Y entonces mi razón me detiene.
Retrocedo.
Solo un poco.
Lo suficiente para recuperar el aire.
Pero tú sigues ahí.
Y vuelvo a sentir ese impulso
que me atraviesa entera.
Quiero sentir tus brazos alrededor de mí.
Quiero apoyar mis manos sobre ti
y dejar de fingir que no deseo hacerlo.
Quiero acercar mi rostro al tuyo
hasta sentir tu respiración
rozándome los labios.
Pero tengo miedo.
Y ese miedo también se siente en el cuerpo.
En el nudo que se me forma en el estómago.
En el calor que me sube por la piel.
En ese temblor pequeño
que intento esconder
mientras tú me miras.
Respiro profundamente.
Una vez.
Otra.
Pero no sirve.
Porque cuanto más intento calmarme,
más consciente soy de ti.
De tu cercanía.
De tu boca.
De tus ojos.
De la distancia mínima
que todavía existe entre nosotros.
Mis labios se entreabren
sin que yo lo decida.
Porque sé lo que significa.
Sé que estoy a punto de rendirme.
Entonces cierro los ojos.
Y durante un instante
me digo que no.
Que debo detenerme.
Que debo protegerme.
Pero mi cuerpo responde otra cosa.
Se inclina hacia ti.
Mi mano casi te toca.
Mis labios buscan los tuyos
antes de que mi razón pueda impedirlo.
Y me detengo.
A un suspiro de tu boca.
Qué cruel es ese instante…
tenerte tan cerca
que podría besarte
y, al mismo tiempo,
sentir que hacerlo
podría cambiar mi vida.
Abro los ojos.
Te miro.
Y ahí está otra vez
esa batalla imposible:
mi miedo diciendo vete,
mi deseo susurrando quédate.
Y yo…
en medio.
Temblando.
Deseándote.
Intentando resistirme.
Hasta que comprendo
que quizá mi mayor lucha
no es decidir si voy a besarte.
Es decidir
cuánto tiempo más
puedo seguir luchando contra mi propio cuerpo.
Y yo,
deseándote en silencio,
preguntándome cuánto tiempo más
podré seguir fingiendo
que no eres
mi tentación más difícil
y mi miedo más hermoso.
Autora: Isabel Poyato Chacón
III. EL BESO QUE SOÑAMOS
Y entonces…
dejamos de luchar.
No sé quién se acercó primero.
Quizá fuiste tú.
Quizá fui yo.
O quizá fueron nuestros deseos
los que llevaban demasiado tiempo
acercándonos en silencio.
Solo sé
que aquella distancia diminuta
que tantas veces nos había detenido
de pronto dejó de existir.
Te miré.
Tú me miraste.
Y en tus ojos
ya no había preguntas.
Solo una certeza.
Me acerqué despacio,
como quien teme despertar un sueño,
y sentí tu respiración
mezclándose con la mía.
Un instante.
Solo uno.
Ese último instante
en el que todavía podíamos
echarnos atrás.
Pero no lo hicimos.
Mis labios encontraron los tuyos.
Y…
qué manera de callarse el mundo.
El tiempo se quedó quieto,
la noche perdió sus sonidos
y mi corazón,
que tantas veces había querido escapar de mi pecho,
por fin encontró dónde quedarse.
Te besé.
Sin miedo.
Sin esconderme.
Sin aquella prudencia
que tantas veces había puesto distancia
entre lo que sentía
y lo que deseaba.
Te besé
como se besa aquello
que durante mucho tiempo
solo se ha podido imaginar.
Y tú respondiste.
Entonces sentí
que aquella chispa que había guardado
bajo la ceniza
se encendía de golpe.
No era fuego que quemara.
Era fuego que alumbraba.
Una pequeña llamarada
recorriéndome por dentro,
recordándome
que algunas tentaciones
no llegan para destruirnos,
sino para mostrarnos
todo aquello que todavía
somos capaces de sentir.
Nos separamos apenas un instante.
Lo justo para respirar.
Lo justo para mirarnos.
Y sonreíste.
Esa sonrisa…
como si los dos supiéramos
que acabábamos de cruzar
una frontera
de la que ya no queríamos regresar.
Volví a acercarme.
Esta vez sin temblar.
Porque ya no había miedo.
Solo deseo.
Solo ternura.
Solo tú
y yo
y ese beso
que durante tanto tiempo
habíamos dejado esperando.
Y comprendí entonces
que no era el beso lo que habíamos conseguido.
Era algo mucho más hermoso:
habíamos conseguido
que el deseo dejara de ser secreto,
que la distancia dejara de mandar
y que nuestros labios dijeran
lo que nuestras palabras
llevaban demasiado tiempo callando.
Y mientras volvías a besarme,
pensé:
qué curioso…
Tanto tiempo luchando
contra la tentación…
para descubrir
que mi mejor derrota
eras tú.
Y que aquel beso…
aquel beso
era exactamente
el que soñamos.
Autora: Isabel Poyato Chacón
