
Mujer, no eres solo figura de belleza,
eres todo corazón,
y en la sombra de tu planta
la armonía se levanta.
Naciste antes del progreso,
ya no es tiempo de callar.
Es cuestión de palabras:
ser tú o ser yo.
Nunca estás sola,
más bien, mal acompañada.
Rosa del jardín, fuiste cortada,
entre hierbas y flores, escondida.
Sometida a sus caprichos,
atrevido, la obligaba.
En su desengaño vio el amor perdido,
pues tenía por marido
a un salvaje aborrecido.
Con su cuerpo maltratado,
entre tormentas de muchos palos,
se abrazaba a una cruz.
Por su cara corrían lágrimas,
socorro pedía con tesón.
Se lavó con su llanto,
pero nadie la escuchó.
De noche no duerme,
despierta no puede soñar.
Sabe que cada día,
al final de la jornada,
con ese salvaje de dura mano,
su agonía ha de llegar.
Herida y llena de tristeza,
barría el suelo miserable,
de rosas rojas allí cortadas,
que corrían como sangre derramada.
Cada vez se oye menos su gemido;
ya no responde, clara ni armoniosa,
compañera, madre y esposa.
¡Ojalá yo pudiera
de las garras de la muerte rescatarla!
No sé qué pensar…
Ese día llegó
y la vida le quitó.
¡Despierta, despierta!
Pero no despertó.
Y cerramos sus ojos,
que aún permanecían abiertos.
¿Quién unió el amor a la traición?
Todo acabó
un día.
Todo el tiempo lo borró.
Autora:Isabel Poyato Chacón