
Las manecillas avanzan con una prisa ajena,
ciegas al deseo de robarle una tregua al calendario.
Nos movemos esquivando obligaciones y distancias,
arañando minutos a las esquinas de los días,
como si compartir una tarde
fuera un botín prohibido que hay que hurtarle a la rutina.
Qué difícil es a veces alinear dos vidas,
hacer coincidir el respiro con la pausa,
encontrar ese hueco diminuto en medio del ruido
donde el mundo se apague y solo quedemos nosotros.
Las horas se vuelven un rompecabezas terco:
los deberes que atan, los caminos que se cruzan tarde,
las ganas intactas esperando en la puerta.
Pero cuando por fin se rinde la prisa
y logramos sentarnos al mismo lado de la mesa,
el tiempo deja de correr y se acomoda a nuestro alrededor.
Cuesta tanto llegar hasta ese instante
que cada segundo compartido
pesa como el oro más limpio,
guardado a salvo del vendaval que espera afuera.
Autora: Isabel Poyato Chacón
