
Hay un hilo sagrado
que nace donde nadie lo ve,
en ese rincón secreto del alma
donde el deseo
aprende a pronunciar un nombre.
El mío pronuncia el tuyo.
Y desde entonces,
aunque no estés cerca,
siento cómo tira de mí,
despacio…
con esa dulce insistencia
de lo que está destinado a encontrarse.
A veces intento soltarlo,
hacer como si nada ocurriera,
seguir caminando sin mirar atrás…
Pero entonces apareces en mi pensamiento
y el hilo vuelve a tensarse.
Y me lleva hacia ti.
No sé si es el destino,
si es Dios quien lo tejió,
o si fueron nuestros sueños
los que se encontraron una noche
mucho antes que nuestros cuerpos.
Solo sé que te deseo.
Te deseo en la distancia,
en el silencio,
en esas noches en las que cierro los ojos
y mi imaginación
se atreve a acercarte.
Te deseo en un abrazo lento,
de esos que no quieren terminar.
En una mirada que se queda,
en unos labios que se buscan.
Y cuando pienso en ese instante
en que por fin estemos frente a frente,
me pregunto…
¿Tendremos fuerzas
para fingir que no nos deseábamos?
Quizá bastará una mirada.
Una sola.
Porque el hilo sagrado
habrá hecho su trabajo durante tanto tiempo
que ya no necesitaremos explicaciones.
Tú tirarás de un extremo.
Yo del otro.
Y la distancia caerá entre nosotros
como cae la noche
cuando llega el amanecer.
Entonces quiero acercarme despacio,
mirarte a los ojos
y decirte al oído:
«¿Lo sientes?
Es nuestro hilo…
El que nunca se rompió.
El que me llevó hasta ti.
El que convirtió el deseo
en esperanza,
la esperanza en encuentro
y el encuentro…
en amor».
Y quizá esa noche
comprendamos que algunas almas
no se encuentran por casualidad.
Se buscan.
Se reconocen.
Y cuando por fin se encuentran,
el hilo sagrado
deja de ser invisible…
porque se convierte
en un abrazo
del que ninguno de los dos
quiere soltarse.
Autora: Isabel Poyato Chacón