septiembre 18, 2026

Coartada perfecta.

Capítulo I

La excusa no admitía reproches ni sospechas. En el pueblo, donde las miradas ajenas pesan más que las tapias de piedra, apelar a la caridad siempre abría caminos que de otro modo permanecían vedados. Anunció que salía hacia el pueblo vecino para visitar a un amigo que conocía y se encontraba  bastante enfermo, 

solitario y desvalido; una visita  piadosa,  y lo bastante incómoda como para que nadie en su casa se ofreciera a acompañarla.

El trayecto entre los dos pueblos fue un pulso constante entre la cautela de la carretera y el latido desbocado de su pecho. Cumplió con la rápida visita de fachada con una frialdad casi mecánica: apenas diez minutos indispensables para sostener la mentira y sellar su coartada. En cuanto cerró aquel primer portal,  preparó el viaje. sus pasos apresurados la guiaron sin vacilar a preparar el bolso y salir hacia la dirección pensada. Acción   que la llevaría al  pequeño apartamento donde él llevaba semanas refugiándose de la vida.

La puerta se abrió y el cerrojo pasó con un chasquido suave, definitivo, dejándolos al fin aislados de todo peligro exterior. Adentro, la penumbra apenas disimulaba la densa huella de la depresión. No había batas ni medicinas, solo persianas a medio caer, el aroma a café frío y ese cansancio del alma que a él le arrebataba las fuerzas para cruzar el umbral a la calle.

Él la miraba aturdido, incapaz de asumir su presencia tangible después de tanta espera. Había imaginado aquel instante durante noches enteras de insomnio, planificando el primer beso con una minuciosidad desesperada: calculó cada palabra, la distancia exacta, si debía rozar su mejilla o rodearle la cintura. Era el único pensamiento que lo había mantenido a flote en medio de su niebla mental.

Pero al encontrarse frente a frente, los ensayos sobraron.

Hubo una breve fracción de segundo donde los temores quisieron imponerse: la culpa, el riesgo a ser descubiertos, la fragilidad de su propia salud. Bastó que ella acortara el último paso y alzara la mano para acariciar la aspereza de su rostro. Ese roce tibio disipó cualquier sombra. Los miedos no se marcharon despacio; se extinguieron de golpe, arrollados por una pasión hambrienta que llevaba meses acumulándose en silencio. Él la atrajo hacia sí con una fuerza insospechada, buscando en sus labios el aire que le faltaba, mientras ella se aferraba a su espalda con un fervor ciego, desarmando la tristeza y fundiéndose en un abrazo apretado donde el resto del mundo, simplemente, dejó de existir.

Autora: Isabel Poyato Chacón 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *