entre sábanas de seda y tenue luz
el silencio se vuelve cómplice,
Fuego a fuego lento
No es solo el roce de la piel impaciente,
ni el rastro de saliva que el cuello adivina;
es el hambre de morder la cordura, de frente,
mientras tu espalda en mis manos se inclina.
Desabrocho el suspiro que guardas con celo,
recorriendo el mapa que tu cuerpo me ofrece,
un viaje sin prisa, del suelo hasta el cielo,
donde el pulso se agita y la calma fallece.
Tus manos me buscan, me atrapan, me dictan,
escribiendo deseos en mi pecho desnudo,
y en ese combate donde lenguas se agitan,
se rinde el orgullo y se rompe el escudo.
Que mueran las sombras, que hable el gemido,
en el ritmo constante de un baile prohibido,
donde dos se devoran, perdiendo el sentido,
en el dulce naufragio de habernos querido.
Autora: Isabel Poyato Chacón