marzo 7, 2021

DESOLADORA RELACIÓN

      La ropa interior estaba desparramada por el suelo. Una noche más, la pasión les había dominado con fuerza arrolladora y se habían desnudado a toda prisa antes de echarse sobre la cama. Los dos eran muy apasionados y se amaban. Al terminar, aún parecían retumbar entre las cuatro paredes de aquella habitación de hotel los gemidos y demás sonidos que acompañan como una corte a su rey, el acto del amor; habían disfrutado plenamente de sus cuerpos, sin control ni medida. Decían que la naturaleza ofrece ese regalo y que los humanos solo tenemos que ir a su árbol y recoger el fruto. Esta filosofía hacía que ambos, cada vez que podían, se escapasen a aquel hotelito de un barrio chicde aquella gran ciudad a disfrutar del sexo.

      Pero…empecemos la historia por el principio.

      Natalia y Ramón se conocieron en el trabajo.

      Ambos lo tenían en el mismo edificio, un enorme rascacielos de treinta y dos pisos, aunque lo hacían en empresas diferentes. Natalia era administrativa, concretamente Supervisora, en una compañía de seguros muy conocida que estaba ubicada en el piso decimo segundo piso de aquel enorme edificio.

      Él trabajaba nueve pisos más arriba, en el vigésimo primero. Era un ejecutivo, Jefe de Operaciones concretamente, en la Central de una compañía de telefonía.

      Casi todos los días se encontraban en el vestíbulo del edificio a la misma hora, porque ambos entraban a las ocho y media y cinco minutos antes cogían uno de los tres ascensores que había en la planta baja.

      A veces coincidían en el mismo. Como no se conocían de nada, se limitaban a darse solamente los buenos días.

Pero todo cambió aquella mañana de un frío día invernal. Ramón había bajado hasta el piso doce y entró en las oficinas donde estaba ubicada la compañía de seguros.

      A la entrada había un mostrador tras el cual siempre estaba la telefonista, que a la vez ejercía la labor de recepcionista. Había bajado junto a otros compañeros a desayunar en la Cafetería que se hallaba en la planta primera del edificio. No quedaba apenas nadie en la oficina, sólo Natalia estaba sentada en su mesa, tecleando el ordenador. Ella bajaría cuando los demás subieran. Levantó la vista del teclado, como si presintiera su presencia,  y le vio delante del mostrador, esperando que alguien le atendiera. Solícitamente se levantó, ya que el mostrador estaba desatendido e, iniciando una leve sonrisa, preguntó al recién llegado:

       “- Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo”?

      “-Si, buenos días – dijo él devolviéndole el saludo con un conato de sonrisa- venía a informarme sobre un seguro que quiero  para mi coche”.

      “- Bien. Mis compañeros han bajado a la Cafetería, así que, aunque no es mi misión aquí, para que no espere intentaré ayudarle en lo que pueda. ¿Qué información necesita saber?”

      A partir de ese momento, estuvieron dialogando sobre las condiciones de la prestación, así como de los costes que conllevaba la operación. Acabada la información Ramón dijo:

      “- Pues sí que me ha ayudado usted…perdón ¿cómo me dijo que se llamaba?”

      “- No se lo había dicho –contestó ella con una sonrisa, y mirándole a los ojos le contestó: Natalia”.

      “- Ah, yo soy Ramón, Ramón García -dijo él– por cierto que casi todas las mañanas nos vemos en el vestíbulo”.

      “- Ja,ja,ja, sí, es cierto –comentó ella al tiempo que soltaba una ligera carcajada-por cierto , ¿dónde trabaja usted, en qué piso quiero decir?, porque supongo que lo hace también aquí”.

      “- Si, en el piso 21. Soy Jefe de Operaciones de una multinacional de Telefonía”

      “- Pues, encantada”– replicó Natalia al tiempo que le tendía la mano. 

      “- Por cierto –volvió a preguntar Ramón– por si me ha quedado alguna duda o tengo que formular alguna otra pregunta, ¿le importaría darme su teléfono?”

      “- Desde luego, aquí lo tiene en esta tarjerta.” 

      Ahí terminó el contacto. Ramón salió y se dirigió al ascensor para subir a su despacho, nueve pisos más arriba.

Pasó el fin de semana, y el lunes, a mediodía, Ramón llamó a Natalia al número que figuraba en la tarjeta.

      “- Buenos días, ¿Natalia?, soy Ramón García,  ¿me recuerda?

      “-Sí, claro. Dígame”.

      “- Natalia, quería que me facilitara usted un par de detalles más sobre la póliza”.

Y estuvieron hablando unos minutos más. La sorpresa fue que Ramón la terminó de esta manera

      “- Por cierto, que ha sido usted tan amable y paciente conmigo que me pregunto si aceptaría que la invitara a almorzar, me siento obligado ante tanta amabilidad. Y aprovechamos para firmar el contrato allí. ¿He sido un osado? ¿Qué me contesta?”.

Natalia quedó un tanto sorprendida y se tomó unos segundos para reflexionar, al cabo de los cuales no encontró inconveniente en comer con él. Es más, gracias a Ramón, su jefe la felicitaría, pues había conseguido vender una póliza sin ser esto parte de sus obligaciones. Lo hizo ante la ausencia de la recepcionista. Así que aceptó la invitación, y le indicó a Ramón si sería posible al día siguiente, ese día le era imposible, y esto lo dijo son una sonrisa. Ella sabía que al teléfono “la sonrisa se oye”.

      “- Desde luego –contestó Ramón– nos vemos entonces a las 2 en el ASADOR ARQUILLOS, que está en la calle José Jiménez Martínez. Por cierto, dado que los dos salimos del mismo edificio, si le parece la recojo y después la vuelvo a traer, y nos quitamos de mareos de aparcamiento”.

Quedaron en que sí, y tras despedirse, colgaron.  

Cuando Ramón al día siguiente la recogió en la puerta del edificio tras sacar su coche del parking subterráneo, desde arriba, la telefonista, que estaba informada de la invitación porque se lo comentó Natalia se asomó a la ventana y vio como ella entraba en el coche. Una sonrisa picarona asomó a su rostro.

      El ASADOR ARQUILLOS era uno de los más prestigiosos de la ciudad. Cuando llegaron, pidieron unas tapas de jamón y queso de oveja curado que acompañaron de una copita de Manzanilla, hasta que el camarero les avisó que tenían la mesa preparada. 

Cuando se sentaron, Ramón le preguntó a este qué les recomendaba.  Solícito les indicó que, como entrante, les sugería un revuelto de habitas al azafrán, y después un asado de cordero, especialidad de la casa. En cuanto a vinos, también les señaló un tinto joven, tipo Tempranillo, vendría bien para ambos platos porque los vinos jóvenes maridan perfectamente con el tipo de platos que iban a elegir. A Ramón le pareció todo bien, la miró a ella, que también asintió con la cabeza y a los pocos minutos estaban comiendo, mientras charlaban animadamente.

De postre tomaron tarta de queso con arándalos. Estaban llenos. Así que, tras un café él, y una menta poleo ella, continuaron hablando. Ramón era un hombre culto y simpático, y le contó varias anécdotas que desataron la risa de ella. Verdaderamente estaban a gusto. Al rato ella sacó de su bolso el contrato de la póliza que Ramón iba a suscribir, lo extendió sobre la mesa. Ramón, sin apenas leerlo, lo firmó. Pero aquel encuentro despertó en ellos un ligero mariposeo en sus estómagos…y sabemos que, este síntoma, cuando lo sienten un hombre y una mujer, es que Eros ya les ha echado el ojo y, si no había lanzado ya su flecha, estaba ya con el arco tensado a punto de hacerlo.    

      Y así fue. Se enamoraron, y poco tiempo tardaron en buscarse un nido de amor para verse. Era un hotelito que había en una de las zonas chicde la ciudad. Cada vez que lo hacían disfrutaban como locos. Verdaderamente formaban una pareja ideal. Ramón era un hombre exquisito en varios aspectos, un sibarita, sobre todo en los detalles que tanto aprecian las mujeres. Continuamente la estaba obsequiando con regalos, desde ramos de flores a cajas de bombones. Por su cumpleaños le regaló un precioso reloj Swarovski. Ella estaba muy feliz, había encontrado al hombre de su vida. 

      Se veían con frecuencia en el hotelito. Transcurrió un año desde su primer encuentro. Una tarde, mientras aún seguían acariciándose después de hacer el amor, se sentaron sobre la cama, él la acercó hacia si cogiéndola por su cintura y la abrazó y besó apasionadamente mientras sentía sus pechos apretados contra su torso viril. De repente se separó de ella y le dijo:

      “- Tengo que decirte algo importante, mi amor. Cierra los ojos un momento, yo te diré cuando tienes que abrirlos”.

Y Ramón aprovechó para sacar de debajo de la cama, donde la había puesto antes con disimulo, una cajita.

Ella la cogió con mucha curiosidad y la abrió. En si interior había un solitario; era un precioso anillo de pedida en el que había engastado, en su parte central, un diamante divino. El conjunto destacaba por su simplicidad y elegancia. 

Ella quedó boquiabierta, y solo pudo balbucir un ooohhhh, pues realmente había quedado impactada. Fue justo cuando Ramón le dijo:
     “- Mi amor, ¿quieres casarte conmigo?”

Ella, asintiendo con la cabeza, se acercó a su cara y, tomándosela entre ambas manos empezó a darle besos en las mejillas, la frente, los ojos, y el pelo. Cuando paró, se quedó delante de él mirando sus ojos con fijeza al tiempo que le decía:

      “- ¿Tú qué crees?”  

Y ambos se rieron a carcajadas.

      La boda no tardó en celebrarse. Fue un acto muy bonito. Los familiares y amigos de ambos contrayentes no faltaron a la cita y el recinto escogido para el banquete estaba lleno. Abundó la comida  así como las bebidas y un Disc Jockeycontratado para la ocasión amenizó durante varias horas el salón. Una boda que realmente dejó satisfecho a todo el que asistió.

      Al año nació una preciosa niña que colmó al matrimonio de felicidad. Pasaba el tiempo, cerca de cuatro años más transcurrieron desde que Alicia, que era el nombre de la niña nació. 

Llevaba Ramón unos días algo raro. Natalia notaba algo fuera de normal en él, el comportamiento hacia ella había cambiado. No había realmente nada que lo justificara pero notaba que estaba más distanciado. Ella lo achacó al stressque padecía por su trabajo, que era de mucha responsabilidad y no quiso preguntarle nada, pero, la pasión de los primeros tiempos había desaparecido, sus encuentros sexuales habían disminuido en espacio e intensidad. Cuando terminaban de hacer el amor, él se limitaba a volverse de espaldas y quedarse dormido casi enseguida. Aquello de quedarse acariciándose un ratito después era ya historia. Natalia, aunque dolorida, seguía pensando que todo era debido a las tensiones laborales. Y dejó correr el tiempo.

      ¡¡ Plafff !! La bofetada sonó fuerte y resonó con potencia en la sala. Fue la primera, y precisamente ocurrió durante una celebración importante. Era el cumpleaños de Ramón… pero…volvamos un poco atrás en la cronología del relato para describir los hechos.

      Estaban ya en el quinto año de relación de los cuales los cuatro últimos casados. Alicia tenía ya tres añitos y unos meses. Estaba en esa edad en la que los niños empiezan a darse cuenta de las cosas. 

Aquel día era el cumpleaños de Ramón. Como era laborable, como cualquier otro día marchó hacia su oficina (ella dejó de trabajar en cuanto contrajo matrimonio). Natalia había invitado a los padres de él (los suyos vivían fuera) a almorzar para celebrar el día. Ella se había pasado toda la mañana ornamentando el salón comedor, para que estuviera bonito, al tiempo que sacó las vajillas y cubiertos especiales que se reservan para los actos familiares importantes. El menú lo estaba cocinando a gusto de él.

Eran ya cerca de las dos. Sus suegros habían llegado hacia casi una hora. Normalmente a esa hora llegaba Ramón a casa a comer, pero hoy se estaba retrasando.

A las dos y media lo llamó, notó que había ruido como de risas y conversaciones de fondo, y le preguntó:

      “- Ramón, ¿cuándo vas a llegar a casa , tus padres están aquí desde la una”.

Al otro lado del hilo oyó la voz de él:

      “- Llegaré cuando pueda, no creo que tarde mucho. Unos amigos se empeñaron en tomar unas copas juntos. Si veis que tardo, comed mis padres y tú, no pasa nada si lo hacéis solos, después de todo, cuando vaya, a mi casa voy, ¿no? ”– esto lo dijo en un tono seco, y esta contestación un tanto fuera de lugar la dejó un tanto confundida. Pensó una vez más que había tenido en el trabajo una mañana difícil y no quiso darle más vueltas. Cuando colgó, engañó a sus suegros diciéndoles que Ramón estaba en una reunión de trabajo importante, que si se retrasaba mucho, que comieran ellos tres. A las cuatro menos cuarto, Ramón aún no había aparecido. Los padres tenían cita médica en el ambulatorio para vacunarse contra La Covid-19 así que decidieron comer sin esperarle. Alicia estaba dormidita en su cama hacía rato. 

      A las 5 y media, en vista de que Ramón no había llegado, sus padres tuvieron que irse. 

      Fue cerca de las 8 de la tarde cuando Ramón, por fin, traspasó el umbral de casa. Ella vio que al entrar daba un ligero traspiés por lo que dedujo que llegaba un poco bebido. 

Enfadada por cómo se habían desarrollado los acontecimientos y la hora y el estado en que él llegaba, sin recato le dijo directamente:

      “- ¿Te parece bonito tu comportamiento, y además llegar a casa como llegas?”

Él replicó:

      “- Qué coño quieres tú, ¿acaso tengo que pedirte permiso a ti para tomar unas copas con los amigos?”

      “- ¿Permiso? ¿Te he dicho algo yo de permiso? Pero lo que está mal, está mal, así de simple, además tus padres se han marchado muy tristes porque no han podido estar contigo. ¡Nos has desilusionado a todos, a ellos y a mí!”

“- Mira Natalia, no me toques los coj…que no está el horno para bollos. Esta es mi casa y tú eres mi mujer, y todo lo mantengo con mi sueldo. Hago lo que me da la gana sin tener que darte explicaciones, y menos que a nadie a ti, so mierda”.

Aquella contestación  ausente total de respeto enfadó mucho a Natalia, que, tenía también su carácter, así que le contestó de forma :

      “- Aquí el único mierda que hay eres tú. ¿No te da vergüenza hablarme así y además delante de la niña?”

      Aquellas palabras lo sacaron de quicio. Se levantó como un resorte del sofá donde estaba sentado, tenía los ojos desencajados. Fue a la mesa donde estaba sentada Natalia y, agarrándola bruscamente por el pelo por la parte de la nuca, tiró de su cabeza hacia atrás, se acercó a apenas cinco centímetros de su cara, y le dijo con acento y aliento impregnados de alcohol:

      “- Ahora mismo vas a retirar eso que has dicho, so puta “.

      “- Si no, ¿Qué me vas a hacer?” –replicó  ella desafiante.

En ese instante, él, fuera de sí, la seguía teniendo agarrada por el pelo y, rapidísimo con la mano derecha le dio un tremendo bofetón.
Alicia, asustada por los gritos, hacía rato que lloraba  desgarradoramente.

Por efectos del castigo, y la fuerza que Ramón le había impulsado al golpe,  Natalia perdió el equilibrio y cayó de costado al suelo. Aun así, aturdida y sin creerse lo que estaba pasando, le dijo:

    ”- En cuanto me reponga, voy a la Policía a denunciarte”.

      Aquellas palabras fueron un error, y desató la tormenta del todo. Él, dominador de la situación porque estaba de pie delante de ella, de pie, se agachó y se enzarzó a golpes ante los gritos y chillidos de la niña que lo contemplaba  todo pues se había asomado. Natalia quedó inconsciente. Él se colocó la cazadora que cogió de la percha y salió de la casa sin mirar atrás.

      Este grave incidente marcó un antes y un después en la relación del matrimonio. Durante las siguientes dos semanas no se dirigieron la palabra. Ella además tenía la cara llena de moretones con lo cual no se atrevía a salir a la calle. Utilizó los servicios de entrega a domicilio para solicitar el Híperlo que necesitaba para hacer la comida y  también la de la niña. 

Fue veinte días después que, una noche, cuando ya Alicia estaba acostada, Natalia rompió el silencio que había mantenido con él todos estos días y, a pesar de ser la víctima, le dijo:

      “- Ramón, tenemos que hablar –hizo una pausa y, aunque no vio en él el más mínimo signo que le indicara que tenía interés, prosiguió:¿Qué ha pasado entre nosotros?” 

      “- Nada, no ha pasado nada –contestó él de mal humor.

      “- No podemos continuar así. Yo quiero mantener el matrimonio porque a pesar de lo sucedido te sigo queriendo, y además está nuestra hija de por medio. Estoy dispuesta a perdonar que me  pusieras la mano encima por tal de arreglar las cosas. Al menos intentaré olvidar lo ocurrido, pero necesito oírte a ti decir como piensas actuar”.

      “- Te repito: no tengo nada que decir. Esta es mi casa así como todo lo que hay dentro, y aquí mando yo. Si no te gusta lo que hay, ahí tienes la puerta”.

      Un jarro de agua fría volvió a caer sobre ella que, no obstante las palabras pronunciadas por él, trató de echarle paciencia y mantenerse serena. Le contestó pausadamente pero con seguridad, sopesando cada una de las palabras que decía:


“- Es una pena, pero si así lo decides tú…creo que lo mejor es iniciar los trámites de divorcio. Y añado más, si me vuelves a poner la mano encima otra vez, cosa que no creo que te atrevas por tu bien, te denunciaré”.

Nada más pronunciar estas palabras, la reacción de su marido fue brutal  e inmediata. Avanzó hacia ella con mirada en la que se reflejaba la ira más profunda y más que hablar, le escupió estas palabras:

      “- Zorra asquerosa, ¿otra vez te atreves a amenazarme?”

      Dijo esto al tiempo que se ponía delante de ella, tapándola con su corpulencia, pues era más alto. La cogió por el cuello, apretando mientras mirándola a la cara, prácticamente encima de ella dijo:
     “- Entérate – y lo que sigue se lo dijo gritando– estoy harto de ti. Puedes hacer lo que te dé la gana a excepción de una cosa: ¡amenazarme! Mucho menos atreverte a cumplir esa amenaza”. 

Al tiempo que pronunciaba esto, sus ojos parecían salírsele de las cuencas, le descargó un puñetazo que impactó en la boca de Natalia, reventándole los labios quedando su cara ensangrentada, mientras le seguía gritando:

      “- Y una cosa más, –esto se lo dijo tan cerca que su saliva le salpicaba al hablar– he dicho ya muchas veces que “todo” lo que hay en esta casa es de mi propiedad, ¡y tú no serás de nadie más! No esperes que te conceda el divorcio, eres mía, como si fueras un mueble más de esta casa”– y le descargó varios puñetazos seguidos.

Ella, aterrorizada, intentó separarse de él, lo consiguió en un descuido y, en el suelo como estaba ya, mareada por efecto de los golpes, aun tuvo fuerzas para volver la cara hacia él y gritarle:

      “Que hijo de puta eres”.

Esto lo dijo mientras gateaba todo lo aprisa que podía hacia la puerta, para abrirla y gritar pidiendo ayuda desde el descansillo.

      Ramón no la dejó llegar. Se abalanzó sobre ella y siguió golpeándola. La cabeza de ella, por efecto de los golpes, era sacudida de un sitio para otro hasta que, al cabo, quedó inerte y se derrumbó sobre el suelo. Allí quedó inmóvil, como una muñeca de trapo, con sus bellos ojos muy abiertos y mirando al techo sin ver, porque estaba muerta. Un hilillo de sangre le salía por la comisura de los labios resbalando por la mejilla y cuello hasta depositarse en gotas  en el suelo. Era una sangre muy roja y refulgía a la luz de la lámpara del techo.

      Ramón agotado también por el esfuerzo de la paliza, se sentó. Apoyó sus codos sobre las rodillas y se mesó varias veces el cabello. Después dejó reposar su cara sobre las palmas de sus manos, quedando en esta actitud unos minutos. Se alisó el pelo y se ajustó la camisa, se puso la chaqueta y se marchó a la calle. En la esquina había un bar, estaba semidesierto. Se sentó en la barra y pidió un whiskysolo. Lo sorbió de un golpe y pidió otro, así hasta cuatro. Salió del Bary se encaminó hacia una Comisaria de Policía. Entró.

      Mientras, en su casa, y tras el silencio sepulcral que se produjo tras los gritos escuchados por los vecinos, algunos se presentaron en la puerta, temían que hubiera sucedido algo grave. Solo se oía el llanto doloroso de la pequeña que se había despertado con los gritos de la peleas, ellos, los vecinos, no podían ver la escena, pero  Alicia estaba abrazada a su madre inerte.

      Siguieron llamando repetidamente, primero al timbre, después empezaron a aporrear la puerta mientras la llamaban a gritos:

      “- Natalia, Natalia, estás bien ¿estás ahí? Abre por favor… ¡abreeeeee! 

      Nada, salvo el llanto de la niña, ningún otro sonido llegaba de dentro.

Como nadie abría la puerta, uno de los vecinos sacó su móvil y marcó el 091. Pronto llegó la Policía , que también habían sido enviados desde la Comisaría.

FIN

      Reflexión: 

     En este caso y usando como soporte el relato/cuento, he pretendido denunciar la realidad por medio de la ficción. ¿Cómo es posible que un hombre normal, incluso encantador, que enamore con detalles y delicadezas a una mujer, que se case enamorado de ella, que tenga sus necesidades sexuales satisfechas y que incluso forme un hogar con hijos, se transforme en un monstruo maltratador y asesino?

¿Es por instinto? ¿Por carácter? ¿Es un defecto que está larvado, dormido en su interior desde siempre hasta que un día sale al exterior con efectos devastadores? ¿Qué extraño mecanismo psicológico pone en marcha esta acción? ¿Cuántas mujeres han de caer aún víctimas de este tipo de depredador? Pienso que son muchas preguntas, pero todas válidas. 

      Es triste y desolador constatar que, año tras año, esta plaga parece ser inextinguible, pese a los muchos medios que utiliza la sociedad, canalizados a través de instituciones. El número de mujeres golpeadas heridas o asesinadas se mantiene en una cifra alta, y que espanta porque son desalentadoras.

Por otro lado, sirva este relato como humilde homenaje, así como mi apoyo, mi ánimo y mi abrazo a estas mujeres, solteras o casadas, jóvenes y menos jóvenes que sufren en sus carnes mientras son laceradas con crueldad y sadismo por la mano del hombre, verdugos, afortunadamente minoritarios, a los que desgraciadamente han tenido la desdicha de habérseles cruzado en el camino, porque encarnan  al hombre en la peor de sus versiones, de ahí el título que he elegido para el cuento. 

Por suerte no todos los hombres son así.  Hay hombres muy buenos, con los cuales merece la pena compartir y disfrutar de la vida.  Hombres que tampoco admiten esos actos tan dolorosos contra las mujeres, ya sean por violencia física  o psíquica.

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