Eres viento sin nombre ni promesa,
hoy caricia tibia,
mañana puerta que se cierra con un portazo.
Nunca sé si me dices la verdad o mientes,
si solo pasas…
Dices palabras que no anclan,
haces gestos que cambian de rumbo,
y mi corazón aprende
a no fiarse del cielo despejado.
Porque contigo
nada es seguro,
ni el ayer, ni el ahora, ni el mañana.
Y eso…
eso cansa,
eso enfría,
eso deja a quien espera
mirando al horizonte,
con el alma en vilo
y las manos vacías.
Eres viento sin alma ni rumbo,
arrasas y sigues,
sin mirar lo que dejas temblando.
Prometes calma con voz suave
y al siguiente latido como truenos,
Entonces te vuelves tormenta que niega lo dicho.
Nunca sé quién eres hoy,
ni a qué verdad aferrarme,
porque cambias como cambia el viento.
Juegas a estar,
juegas a irte,
y llamas libertad
a no hacerte responsable de nada.
Y eso destruye.
Eso rompe la fe,
quiebra la espera,
enseña a desconfiar .
No se puede amar a un viento así
sin raíz ni palabra,
arrasando
y llamando amor a tu caos.
Me hiciste dudar de mi intuición,
de mis preguntas,
de mis silencios llenos de verdad.
Hoy decías “quédate”,
mañana “no era eso”,
y mientras tanto
yo recogía los restos
de lo que tú nunca cuidaste.
Eres misterio, incoherencia.
eres ausencia disfrazada.
Y entendí —tarde, pero firme—
que no se construye hogar
con quien disfruta derribando puertas.
Así que ya no te espero,
ya no te explico,
ya no me quedo quieta
por miedo a perderte.
Porque no perdí un amor,
perdí un viento
que nunca supo soplar.
Y yo…
yo no nací para temblar,
nací para permanecer.
Un día era abrigo,
otro distancia,
y yo aprendí a vivir
con el corazón en alerta.
Y comprendí, con el tiempo,
que no todo lo que roza es caricia,
ni todo lo que vuelve
merece quedarse.
Por eso dejé de esperar
a quien no sabía quedarse
y me quedé yo,
entera y en paz.
Isabel Poyato