agosto 17, 2026

A la luz del candil

A la luz del candil

Llueve.

La mecha del candil respira despacio,

como si entendiera

que esta noche no es para prisas,

que hay memorias que solo salen

cuando la luz es suave

y el silencio acompaña.

Frente a frente, dos enamorados

con las manos llenas de tiempo,

se miran sin hablar,

porque ya no hace falta.

Los ojos hablan el idioma

de quien ha amado mucho.

Recuerdan su primer beso,

torpe y eterno,

cuando el mundo cabía en un temblor.

Y aquel primer baile,

dos cuerpos aprendiendo a encajar

al compás de una cálida canción

y de un futuro sin estrenar.

Recuerdan risas,

alguna herida,

noches largas y días cortos,

y cómo el amor fue creciendo

sin pedir permiso,

como la hiedra en los muros viejos.

La lluvia sigue cayendo fuera,

el viento insiste,

pero dentro todo está a salvo.

La candela no alumbra el cuarto,

alumbra la vida compartida.

Y mientras la mecha arde,

ellos saben

que el amor verdadero no hace ruido,

solo permanece,

como esa luz pequeña

que nunca se apaga

mientras haya dos corazones

mirándose así.

La noche llegó vestida de lluvia

y el viento desordenó las hojas caídas.

Solo el candil, con su mecha cansada,

se atrevió a quedarse despierto.

Hubo caminos torcidos,

días de lluvia sin candil,

pero el amor aprendió

a encenderse incluso con viento.

Ahora la llama tiembla

como tiembla la memoria,

y aun así alumbra.

Y mientras la mecha se consume despacio,

ellos entienden

que amar es quedarse,

mirarse,

y seguir siendo hogar

cuando afuera todo arde o se apaga.

Autora: Isabel Poyato Chacón 

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