Por Isabel
La envidia nace callada,
como el musgo en la humedad,
no grita, no pide nada,
solo ansía lo que das.
Mira desde su rincón
con los ojos entornados,
y convierte en mal sabor
tus triunfos bien cultivados.
No sabe del sacrificio,
ni del sudor que sembraste,
sólo ve brillo en tu oficio
sin saber lo que enfrentaste.
Le duele tu primavera
porque su invierno no cesa,
y en lugar de hacer trinchera,
teje espinas en la mesa.
Pero quien vive en la luz
no se mancha de su cieno,
pues el alma que es de cruz
no teme al juicio ajeno.
Que el que envidia no descansa,
ni en lo propio halla consuelo;
y el que ama, aunque no alcanza,
vive en paz… y toca el cielo.
Autora: Isabel Poyato Chacón