Antes de que el tiempo tuviera nombre,
yo ya buscaba el nido más tierno
para nacer como un niño y habitar en la carne del hombre.

No te elegí por corona ni brillo,
ni por la seda de un trono real;
buscaba un corazón puro y sencillo,
donde el amor fuera el único manantial.
Quise tener una madre, María,
para saber qué significa el abrigo,
para que el Sol, que la luz crearía,
pudiera un día dormir junto a ti conmigo.
Te elegí porque en tu “Sí” sin medida
se unieron el cielo y la tierra en un lazo;
quise que el mismo Autor de la Vida
bebiera la vida custodiado por tus abrazos.
Quise ojos que me enseñaran a ver,
manos que guiaran mis primeros pasos,
y en la amargura del atardecer,
el dulce consuelo de tus labios santos.
No bastaba ser Dios en la altura,
mi amor pedía una humana frontera;
quise asombrarme de tu criatura,
siendo yo el Creador de la Tierra..
Te hice mi madre, mi casa y mi guía,
la puerta de entrada a mi creación;
por eso te puse, bendita María,
como el latido de mi propio corazón.
Isabel Poyato