No creas que estas letras nacen solo de la pena; nacen de un hambre que el llanto no ha podido saciar. Me he cansado de buscarte en el vacío de la cama, así que he decidido invocarte en los detalles que me hacen morder la almohada.
Recuerdo la precisión de tus manos, esas que no pedían permiso y que sabían exactamente dónde detenerse para hacerme contener el aliento. Extraño el peso de tu cuerpo dictando las reglas, esa forma tan tuya de recorrer mi cuello con una lentitud que era, en sí misma, una tortura deliciosa. Me falta ese roce eléctrico que convertía mis suspiros en súplicas y mis dudas en un incendio que solo tú sabías apagar… o avivar hasta el delirio.
A veces, cierro los ojos y casi puedo sentir el calor de tu respiración justo antes del desastre, ese instante en el que tu boca encontraba el camino prohibido y mis dedos se enredaban en ti, desesperados por no dejarte ir. Me dejaste el alma rota, sí, pero me dejaste el cuerpo lleno de ecos que vibran cada vez que el roce de la sábana me recuerda tu ausencia.
Eres el pecado que mi piel no quiere confesar y la herida que prefiero lamer a curar. Si vas a volver a mis sueños, hazlo con esa mirada que me desnudaba antes de tocarme, con esa urgencia de quien sabe que el cielo puede esperar, pero nosotros no.
Ven y termíname de romper, pero esta vez, hazlo como solo tú sabías: piel a piel, fuego a fuego, hasta que no quede rastro de esta tristeza, solo el rastro de ti sobre mí.
P.D. He dejado la puerta de mi memoria sin llave, por si decides pasar de los recuerdos a los hechos. Pero te advierto: si cruzas de nuevo ese umbral, no esperes lágrimas de bienvenida. Espera una piel que no ha olvidado ni uno solo de tus trucos, una boca que tiene hambre de tus silencios y unas manos que han aprendido, en tu ausencia, a desearte con una furia que ni tú mismo sospechas.
No me pidas perdón por irte; pídeme permiso para quedarte… y asegúrate de traer contigo ese fuego que solo tú sabes manejar, porque aquí dentro, en la penumbra de este cuarto, todavía huele a ti, a nosotros, y a todas las cosas pecaminosas que nos quedan por inventar.
Te espero en el mismo lugar donde mis suspiros todavía llevan tu nombre impreso. No tardes, que mi paciencia se agota, pero mi deseo no conoce el descanso.
Isabel Poyato Chacón.
