Hija mía,
luz que nació de mis entrañas
y hoy brilla más allá de mis ojos.
Te vi crecer entre cuadernos y sueños,
preguntando al mundo
por qué late la vida
dentro de una célula diminuta.
Tú eres bióloga,
doctora en genética,
mujer que descifra los secretos
que Dios escondió en los hilos del ser.
Tu esfuerzo ha tejido un camino
de noches largas y páginas eternas,
pero tu constancia —siempre firme—
convirtió cada duda en certeza.
Sobresaliente Cum Laude,
Mención Internacional,
así lo dictaminó el tribunal;
pero yo, que te conozco desde niña,
supe desde siempre
que tu inteligencia
era solo la sombra
de tu bondad.
Hija del mundo
y orgullo de mi casa.
Cada logro tuyo es un eco
que me abraza por dentro
y me recuerda
que la vida me regaló
la joya más preciosa:
tú.
Sigue trabajando con amor Inma,
que tu nombre ya camina
entre estrellas de ciencia
y latidos de bondad.
Allí donde vayas,
llevarás siempre contigo
el abrazo de esta madre
que agradece al cielo
el milagro de tenerte,
y que te quiere
más allá del tiempo.
Y sé que en cada paso
te acompaña Dios
a quien rezas en silencio,
al que entregas tus logros y tus batallas,
porque tu fe es luz,
es raíz y es ternura,
es la voz que te susurra
que todo es posible
si se camina de su mano.
Autora: Isabel Poyato