A veces, ese rayo de luz
que ilumina mis días
también me llena de sombras,
porque no sé encontrar el equilibrio
entre lo que mi corazón desea
y lo que mi razón me aconseja.
Quiero acercarme,
sentir que aún existe un puente,
dejar que hablen mis emociones,
pero me detiene el temor
de que mi presencia pese
allí donde solo pretendo acariciar.
No es intención de molestar,
ni perturbar la calma.
Sin embargo, sé que, a veces,
mi deseo de acercarme puede agobiar,
que mis palabras pueden ser demasiadas
cuando se necesita silencio.
Y qué extraña contradicción…
Ese silencio que devuelve la paz
puede convertirse, a veces,
en un laberinto de inquietudes,
en una ausencia que pesa,
en una calma que también desespera.
Porque hasta la paz tiene sus grietas,
y hasta el silencio más profundo
puede esconder un grito
que nadie se atreve a pronunciar.
Y yo me quedo aquí,
enredada en las estrellas de mis pensamientos,
intentando comprender
dónde termina el deseo
y dónde comienza la prudencia.
Hay días en los que me siento llena de vida,
con ganas de sentir, de reír, de soñar,
de dejar que el corazón vuele libre
sin preguntarle a la razón
si tiene permiso para volar.
Y hay otros en los que me vence el cansancio,
en los que quisiera apagar mis pensamientos,
detener esta lucha que me habita
y descansar de mí misma,
de lo que siento,
de lo que callo,
de todo aquello que deseo
y que, tal vez, nunca pueda ser.
¿Dónde está mi equilibrio?
¿En acercarme cuando lo necesito
o en detener mis pasos?
¿En decir lo que siento
o en guardar mis palabras?
Porque no quiero dejar de sentir…
Autora: Isabel Poyato