agosto 27, 2026

La felicidad de un instante

La felicidad de un instante dos

Qué efímera es la felicidad,

apenas un soplo,

un instante que llega sin avisar.

A veces no llama a la puerta,

llega a escondidas

y, antes de que podamos retenerla,

se va.

Siempre se va.

Pero qué hermoso es ese instante

cuando un abrazo nos encuentra,

cuando apoyas la cabeza en mi regazo

y el silencio se acaba,

cuando mis manos encuentran las tuyas

y sentimos ese calor sencillo

que no necesita nada.

Qué hermoso es caminar juntos,

al compás de los mismos pasos,

sin prisa, sin destino,

con tu brazo sobre mis hombros

y el mío sujeto a tu cintura.

Cuando caminamos despacio

y nuestras sombras se entrelazan,

cuando el viento nos despeina

y ya no nos importa nada.

Cuando una mirada dice «te quiero»

sin necesidad de palabras,

cuando nos reímos por cualquier tontería

y la vida parece, por un momento,

mucho más sencilla.

Y entonces nos miramos…

y sonreímos.

Son instantes pequeños,

casi invisibles,

pero colmados de felicidad.

Cuando llega la noche

y buscamos juntos una estrella,

cuando el cielo se queda en silencio

y tú te acercas un poco más,

como si quisieras detener

el paso inevitable de las horas.

Cuando simplemente estamos,

sin preguntas, sin miedo,

sin pensar en el mañana.

Quizá sea despertar

y saber que alguien piensa en ti,

o cerrar los ojos por la noche

con la certeza de que, en algún lugar,

también alguien te recuerda.

Quizá la felicidad sea eso:

no una vida sin penas,

ni un lugar donde el tiempo se detenga,

sino esos pequeños momentos

que la vida nos regala

para recordarnos

que merece la pena sentir.

Porque la felicidad no dura,

pero deja huella.

Deja algo de luz en el alma,

un calor pequeño y persistente,

una memoria que vuelve

cuando más la necesitamos.

Por eso no quiero pedirle eternidad.

No quiero encerrarla

para que nunca escape.

Quiero vivirla cuando llegue,

sin miedo a perderla,

sin pensar cuánto durará.

Quiero abrazarte

mientras dure el abrazo,

mirarte mientras tus ojos sonríen,

caminar contigo mientras nuestros pasos coincidan,

sentir nuestras manos unidas

mientras el calor permanezca.

Porque tal vez vivir

sea precisamente aprender esto:

que lo más hermoso

no siempre dura mucho,

pero puede durar para siempre

dentro de nosotros.

Y aunque el abrazo termine,

aunque las manos se separen,

aunque nuestros pasos

dejen de sonar juntos,

queda dentro de nosotros

ese instante diminuto y eterno

en el que fuimos felices.

Y quizá amar sea precisamente eso:

saber reconocer la felicidad

cuando llega,

abrazarla fuerte mientras permanece

y agradecerla

cuando se va.

Y si algún día

solo nos queda el recuerdo,

que sea un recuerdo lleno de luz.

Porque quizá la felicidad

no sea otra cosa

que esto:

un instante contigo

que el tiempo no pudo quedarse,

pero que mi corazón

se negó a olvidar.

Autora: Isabel Poyato Chacón 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *