A la luz del candil
Llueve.
La mecha del candil respira despacio,
como si entendiera
que esta noche no es para prisas,
que hay memorias que solo salen
cuando la luz es suave
y el silencio acompaña.
Frente a frente, dos enamorados
con las manos llenas de tiempo,
se miran sin hablar,
porque ya no hace falta.
Los ojos hablan el idioma
de quien ha amado mucho.
Recuerdan su primer beso,
torpe y eterno,
cuando el mundo cabía en un temblor.
Y aquel primer baile,
dos cuerpos aprendiendo a encajar
al compás de una cálida canción
y de un futuro sin estrenar.
Recuerdan risas,
alguna herida,
noches largas y días cortos,
y cómo el amor fue creciendo
sin pedir permiso,
como la hiedra en los muros viejos.
La lluvia sigue cayendo fuera,
el viento insiste,
pero dentro todo está a salvo.
La candela no alumbra el cuarto,
alumbra la vida compartida.
Y mientras la mecha arde,
ellos saben
que el amor verdadero no hace ruido,
solo permanece,
como esa luz pequeña
que nunca se apaga
mientras haya dos corazones
mirándose así.
La noche llegó vestida de lluvia
y el viento desordenó las hojas caídas.
Solo el candil, con su mecha cansada,
se atrevió a quedarse despierto.
Hubo caminos torcidos,
días de lluvia sin candil,
pero el amor aprendió
a encenderse incluso con viento.
Ahora la llama tiembla
como tiembla la memoria,
y aun así alumbra.
Y mientras la mecha se consume despacio,
ellos entienden
que amar es quedarse,
mirarse,
y seguir siendo hogar
cuando afuera todo arde o se apaga.
Autora: Isabel Poyato Chacón