Te fuiste.
Y mi mundo se rompió.
Mis lágrimas corrían como ríos
y el llanto no conocía descanso.
El silencio se acostaba a mi lado
y ocupaba toda la cama.
La pena me habitaba.
Cada recuerdo dolía
como una espina clavada en el alma.
Lloré, sí…
lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Pensé que el amor
se había marchado contigo,
que mi piel ya no recordaría
el calor de otros abrazos,
que mi corazón había olvidado
cómo se acelera un latido.
Pero la vida…
caprichosa y sabia,
tenía guardado para mí
otro amanecer.
Después de ti,
llegó…
Primero fue su mirada,
deteniéndose en mí
un segundo más de lo normal,
recorriéndome despacio,
como si estuviera leyendo
un secreto que ni yo misma recordaba.
Después llegó su sonrisa,
esa chispa traviesa
que parecía prometer
pequeñas locuras.
Y luego sus manos.
Firmes.
Cálidas.
Seguras.
Se posaron en mi cintura
como si siempre hubieran sabido
que aquel era su lugar.
Yo no dije nada.
Tampoco hizo falta.
Porque cuando sus brazos
me rodearon
y me apretaron contra su pecho,
algo dentro de mí
volvió a despertar.
Su boca…
Ay, su boca.
Buscó la mía
y el tiempo se quedó quieto.
Sus besos no tenían prisa.
Se quedaban,
jugaban,
volvían.
Y yo descubrí,
con una mezcla de asombro y deseo,
que todavía sabía estremecerme.
Su cuerpo y el mío
aprendieron un lenguaje antiguo,
uno que no necesita palabras.
Se buscan.
Se reconocen.
Se encuentran.
Como dos viejos cómplices
que se hubieran estado esperando
sin saberlo.
Hubo noches
en las que sus brazos
fueron refugio
y sus besos,
una forma nueva de amanecer.
Y yo,
que creía tener el corazón jubilado,
descubrí que todavía sabía
latir deprisa.
Entonces comprendí algo:
no estaba rota.
Solo estaba herida.
Y quizá el amor
no se pierde cuando alguien se va.
Quizá el amor
se queda escondido,
esperando el momento,
la mirada,
el abrazo,
la piel
que consiga despertarlo otra vez.
Porque después de ti
no llegó el olvido.
Llegó él.
Y con él,
una mujer que yo creía perdida
volvió a encontrarse.
A veces me mira
con esa chispa traviesa
y se acerca a mi oído.
Entonces sonríe
y me dice en voz baja:
—Aún te queda fuego.
Y yo sonrío.
Porque ahora sé
que tenía razón.
Autora: Isabel Poyato Chacón