Me hace falta un hombro, apoyo sereno,
donde el peso del mundo se vuelva liviano;
necesito el refugio que habita en las manos
y el calor de unos brazos que alivien mi pena.
Ansío caricias,
el murmullo constante de andar acompañado,
caminar junto a alguien, sentirlo a mi lado,
saber que en el camino no estoy olvidada.
Necesito a alguien
que limpie el dolor que en mis ojos asoma,
que sea el testigo silente de cada derrota,
que escuche mis silencios, mis dudas, mis miedos,
y devuelva la calma que el llanto me roba.
Que sostenga mis silencios,
que detenga mi caída,
que recorra conmigo este tramo de frío;
que, sabiendo que vienes cruzando mi río,
se me endulce de golpe la sed de la vida.
Quédate aquí,
donde el tiempo no corre,
donde tus manos abrochen mi abrigo;
que no existe tormenta que el alma no borre
si en mitad del invierno camino contigo.
Me hace falta la paz
de tu pecho callado,
la certeza bendita de saber que te importo;
saber que, si lloro, te tengo a mi lado
y que el viaje más largo se vuelve más corto.
Toma mis manos.
No dejes que caiga.
Escucha las quejas que el pecho sostiene.
Sé ese remanso que el aire me traiga,
esa calma que llega cuando el alma se duele.
Recoge los hilos
de tanta tristeza,
transforma en caricias las noches de frío;
apoya mi frente con delicadeza,
como quien sabe que su hombro es el mío.
Porque no necesito
que me salves del mundo,
ni promesas eternas,
ni palabras vacías.
Solo quiero caminar
sin miedo a caer,
sabiendo que, si tropiezo,
tu mano buscará la mía.
Y si alguna noche
vuelve a dolerme la vida,
quédate cerca.
No digas nada.
A veces,
el amor más grande
es simplemente
tener un hombro
donde descansar la tristeza
y unos brazos
que sepan decir:«Estoy aquí.»
Autora: Isabel Poyato Chacón