De la serie La Edad bonita

No hago otra cosa que no sea habitar en tu recuerdo,
mi mente es un laberinto donde solo existes tú.
Con la humedad de mis besos tracé las líneas de tu cuerpo,
dibujando una cartografía de seda sobre tu piel,
y en esos senderos infinitos, dichosa, me perdí.
Saqué a pasear mis sentimientos al sol de tu mirada,
dejando que mis emociones se fundieran con tu aliento.
Fuimos primero calma, una pausa en el tiempo,
donde nuestra noche de susurros y ternura
era el preludio dulce de lo que estaba por venir.
Pero el susurro se hizo fuego y la ternura, tempestad.
Aquella paz se transformó en una noche de bendita locura
cuando nuestros cuerpos, al fin, se hicieron uno solo,
fundiéndose ardientes como el hierro candente en la fragua.
No hubo espacio para el aire, solo para el deseo,
un eclipse de piel donde el mundo dejó de girar,
y en ese incendio de caricias y latidos desbocados,
comprendí que mi destino es, para siempre, naufragar en ti.
Isabel Poyato.