De la serie: La Edad Bonita
Ella:
—¿Dónde estabas
antes de llegar a mi vida?
Él:
—Esperándote…
sin saber todavía tu nombre.
Porque hay encuentros
que el corazón reconoce
mucho antes que los ojos.
Ella:
—¿Y si un día
el tiempo llena mi rostro de arrugas
y mis manos ya no pueden acariciarte igual?
Él:
—Entonces te amaré más.
Cada arruga será un recuerdo compartido,
cada cana una batalla vencida,
cada paso lento
la prueba de que seguimos caminando juntos.
Yo no me enamoré de tu juventud.
Me enamoré
de la mujer que convirtió mi vida
en un hogar.
Ella:
—Tengo miedo…
Miedo de que un día
el tiempo nos robe los abrazos.
Él:
—El tiempo podrá doblar nuestros cuerpos,
pero jamás podrá separar
dos corazones
que aprendieron a latir
con un mismo compás.
Ella:
—¿Y si un día
olvido tu nombre?
Él:
—Entonces volveré a conquistarte.
Cada amanecer
me presentaré como si fuera la primera vez.
Te contaré nuestra historia,
buscaré tu sonrisa,
te llevaré de la mano
hasta el lugar
donde nació nuestro primer beso.
Y esperaré…
Porque el amor verdadero
también sabe esperar.
Ella:
—¿Sabes qué es lo que más amo de ti?
Él:
—No…
Dímelo tú.
Ella:
Que cuando hablas,
mis miedos se desvanecen.
Que cuando me abrazas,
siento que el mundo me protege.
Y cuando sonríes…
Hasta mis heridas
comienzan a sanar.
Él:
—¿Y sabes qué es lo que yo más amo de ti?
Ella:
—¿Qué?
Él:
—Que conviertes
los días más sencillos
en recuerdos eternos.
Que donde todos ven una casa,
tú construyes un hogar.
Que donde otros cuentan los años,
tú llenas la vida de primavera.
Ella:
—Si mañana Dios me llamara primero…
¿qué harías sin mí?
Él:
—Llorarte.
Hablar contigo
aunque solo pudiera hacerlo en silencio.
Buscarte en el perfume de las flores,
en la lluvia sobre los cristales,
en cada atardecer
que pintara el cielo con tus colores.
Y dar gracias…
Porque hay personas
que pasan por nuestra vida,
y hay personas
que se convierten
en nuestra vida.
Ella:
—Ven…
Abrázame fuerte.
Quiero escuchar tu corazón.
Él:
—Escúchalo bien.
No pronuncia mi nombre.
Pronuncia el tuyo.
Porque desde el día
en que llegaste,
dejé de vivir solamente para mí
y empecé a vivir para los dos.
Ella:
—¿Sabes qué ocurre
cuando dices mi nombre?
Él:
—No…
Dímelo tú.
Ella:
—Que deja de ser un nombre.
Se convierte en refugio,
en ternura,
en hogar.
Porque nadie en el mundo
lo pronuncia
como lo haces tú.
Él:
—¿Y sabes qué ocurre
cuando tú me nombras?
El tiempo se detiene.
Las prisas desaparecen.
Los miedos no existen..
Y mi alma recuerda
que nació para encontrarte.
Porque cuando tú me nombras,
no llamas solamente a la persona que soy.
Nombras mis sueños,
mis esperanzas,
mis silencios,
mis alegrías…
Nombras todo aquello
que solo existe
porque tú lo amas.
Y entonces comprendemos,
sin necesidad de decir “te quiero”,
que hay nombres
que solo encuentran
su verdadero significado
en los labios
de quien los pronuncia con el corazón.
Autora: Isabel Poyato Chacón
