
LOS DONES DE UNA MUJER
Hay dones que no se aprenden
en libros ni universidades,
ni llevan diplomas colgados
en las paredes de una casa.
Hay dones que nacen con ella,
que crecen entre sus manos
y se hacen grandes con los años,
sin pedir reconocimiento.
Tiene el don de cuidar,
de adelantarse a las necesidades,
de saber cuándo hace falta un abrazo
sin que nadie diga una palabra.
Tiene el don de la paciencia,
esa que parece infinita
cuando los hijos son pequeños
y el mundo entero cabe
en una casa llena de juguetes,
de prisas y de sueños.
Ella alimenta, viste, consuela,
cura rodillas y corazones,
acompaña deberes, enfermedades,
primeros amores,
primeras decepciones…
Y cuando los hijos crecen
y emprenden sus propios caminos,
ella sigue teniendo las manos dispuestas,
por si alguna vez necesitan volver.
Tiene también el don de cuidar a los mayores,
de sostener una mano cansada,
de escuchar la misma historia
una y otra vez
sin perder la ternura.
Porque sabe que un día
esas manos fueron fuertes,
que aquellos ojos también cuidaron,
que alguien antes que ella
sostuvo su propia vida.
Y mientras cuida a todos,
aprendió un secreto doloroso:
a veces sabe callar.
Calla el cansancio,
calla el miedo,
calla las lágrimas
que nadie ha visto.
Guarda en algún rincón del alma
lo que le duele,
lo que le preocupa,
lo que alguna noche
le hizo preguntarse
quién cuidaría de ella.
Y sigue.
Se levanta.
Se peina.
Se mira al espejo
y vuelve a ponerse el mundo sobre los hombros.
Pero nadie imagina
la soledad que puede esconderse
detrás de una mujer acompañada.
Porque hay soledades
que no necesitan una habitación vacía.
A veces se está rodeada de personas
y, sin embargo,
hay un pequeño rincón del alma
donde nadie consigue entrar.
Y entonces sucede algo hermoso:
ella sonríe.
Una sonrisa pequeña,
casi nada…
y, sin embargo,
parece cambiarlo todo.
Cambia el miedo por esperanza,
la tristeza por calma,
el cansancio por ternura.
Una sonrisa suya
puede detener una discusión,
aliviar una preocupación,
devolver la confianza
a quien ya estaba a punto de rendirse.
Porque ese también es su don:
hacer luz sin contar
cuántas veces tuvo que atravesar la oscuridad.
No siempre pide ayuda.
No siempre dice que está cansada.
No siempre cuenta sus heridas.
Pero eso no significa
que no las tenga.
Significa solamente
que aprendió a seguir adelante
con ellas.
Y quizá ha llegado el momento
de que alguien le diga:
—Ahora déjalo todo un instante.
Siéntate.
Respira.
Hoy cuidaremos nosotros de ti.
Porque una mujer no es solamente
la que sostiene.
También merece ser sostenida.
No es solamente
la que abraza.
También necesita un abrazo.
No es solamente
la que escucha.
También merece que alguien
escuche su silencio.
Y no es solamente
la sonrisa que alegra una casa.
Es una mujer entera,
con sueños, con cansancios,
con heridas y esperanzas,
con una vida propia
que también merece florecer.
Es madre, hija, compañera,
cuidadora, amiga, refugio…
pero antes que todo eso
es mujer.
Y entre todos sus dones,
quizá el más hermoso
sea ese que nadie puede enseñarle:
seguir amando,
seguir cuidando,
seguir dando luz…
sin dejar de aprender,
algún día,
a guardarse un poco de esa luz
también para ella.
Autora: Isabel Poyato