agosto 22, 2026

Cuando el alma habita.

Cuando el alma habita

Creo en el alma,
en su rumor invisible,
en esa chispa que enciende
la mirada y el latido;
en esa voz silenciosa
que sabe lo que sentimos
antes incluso de que
se atrevan a decirlo los labios.

El alma es la voz callada
que susurra lo correcto,
la que llora sin lágrimas,
la que ama sin tocar el cuerpo,
la que guarda entre sus manos
lo que no puede explicarse
y convierte en sentimiento
aquello que no se ve.

Porque un cuerpo sin alma
puede caminar por la vida,
respirar, reír y hablar,
pero no sentir el camino;
puede existir entre la gente
y, sin embargo, estar vacío,
como un eco sin melodía,
como una sombra sin destino.

Un cuerpo sin alma es eso:
una casa sin moradores,
un jardín sin primavera,
una noche sin estrellas,
un reloj que sigue andando
aunque el tiempo ya no importe.
Es carne que pierde el fuego,
es silencio sin poesía,
es una vida que aparenta
cuando ya no sabe vivir.

El alma, aunque no se vea,
se reconoce en la mirada.
Basta asomarse a unos ojos
para saber si está habitada
esa parte misteriosa
que nos hace verdaderos,
esa luz que no se compra,
esa verdad que no se aprende.

Y cuando el alma se aleja,
el cuerpo queda cansado,
como un jardín sin luna,
como un barco desorientado,
como una lámpara encendida
en una habitación vacía.

Porque el alma es la raíz
y el cuerpo apenas la rama;
si no corre por sus venas
la savia que la alimenta,
ni florece, ni sueña,
ni encuentra razón para amar.

Hay cuerpos que dicen «te quiero»
sin que tiemble el corazón;
que prometen y no sienten,
que sonríen sin alegría,
que abrazan sin dar calor.
Son barcos sin un timón,
caminos que no conducen,
corazones que palpitan
sin saber por qué lo hacen.

Y quizá el alma, cuando parte,
no desaparece ni muere;
simplemente busca otro lugar
donde su luz sea comprendida,
donde pueda volver a sentirse
viva, querida y necesaria.

Porque el alma no se pierde:
solo cambia de morada.
Se retira de los vacíos
y busca dónde ser amada;
busca unos ojos que la miren,
unas manos que la cuiden,
un corazón donde quedarse
sin miedo a ser olvidada.

Cuando el alma no habita,
la vida es solo apariencia:
un silencio disfrazado
de risas y de presencia,
una historia sin latido,
un paisaje sin belleza.

Pero cuando el alma reina,
hasta el dolor tiene sentido;
las heridas dejan huellas
que también nos han construido,
y hasta las noches más largas
guardan un amanecer.

Porque entonces comprendemos
que vivir no es solamente
respirar, cumplir los días
o dejar pasar el tiempo.

Vivir es sentir profundamente,
amar aunque duela,
mirar con los ojos abiertos,
entregarse sin reservas,
dejar una huella de ternura
allí donde antes hubo miedo.

Así entiendo la existencia:
no somos solamente carne,
ni huesos, ni piel, ni tiempo;
somos alma en aprendizaje,
vestida de un breve cuerpo,
recorriendo este misterio
que llamamos vida.

Y mientras el alma habite,
mientras conserve su fuego,
mientras encuentre una mirada
donde reconocerse entera,
no habrá cuerpo vacío
ni noche que dure eternamente.

Porque quizá vivir sea eso:
hacer que el alma florezca
mientras el cuerpo la acompaña,
y marcharnos algún día
dejando detrás de nosotros
un poco de luz,
un poco de amor
y la certeza de haber vivido.

Autora: Isabel Poyato Chacón

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