
Escribo de madrugada,
cuando la noche se queda en silencio
y el mundo parece dormir
sin saber todo lo que siento.
Es entonces
cuando escucho palabras
que durante el día se esconden
entre prisas, voces y pensamientos.
No sé de dónde vienen…
quizá nacen de algún rincón del alma
que solo despierta cuando todo calla,
cuando la oscuridad no pregunta
y el corazón puede hablar sin miedo.
Escribo porque necesito sacar de mí
lo que no sé decir de otra manera;
porque hay sentimientos
que no caben en una conversación
ni encuentran lugar en el día.
Y entonces aparece una palabra…
después otra…
y otra más.
Como pequeñas luces
que van encendiendo el camino
de aquello que llevo dentro.
A veces escribo sobre el amor,
otras sobre la vida,
sobre lo que perdí,
sobre lo que sueño,
sobre aquello que todavía espero.
Y mientras escribo,
me voy descubriendo.
Porque cada verso
me devuelve un pedacito de mí,
una emoción olvidada,
una lágrima escondida,
una ilusión que aún respira.
Quizá por eso escribo de madrugada:
porque cuando todos callan,
mi alma tiene voz.
Porque cuando la noche me abraza,
las palabras vienen a buscarme
y se sientan conmigo
a conversar despacio.
No las llamo.
No las obligo.
Simplemente llegan.
Y yo las dejo entrar.
Las recibo con una hoja abierta,
con el corazón desnudo
y con la certeza
de que algunas palabras
no se escriben con tinta…
se escriben con el alma.
Por eso, si alguna madrugada
me encuentras escribiendo,
no pienses que estoy sola.
Estoy conversando conmigo,
con mis sueños,
con mis recuerdos,
con mis silencios…
y con esa parte de mí
que solamente despierta
cuando el mundo duerme.
Porque quizá la madrugada
no sea el final del día.
Quizá sea el momento
en que mi alma, por fin,
encuentra la libertad de decir
todo aquello que durante el día
no se atreve a pronunciar
Autora: Isabel Poyato Chacón
