A mi edad ya no compito, aprendo.
He aprendido que todo comienza
y termina en el respeto.

Respeta…
sobre todo, respeta.
Quiere,
pero no desde el miedo a la soledad,
sino desde la verdad que has conquistado.
Quiere donde el cariño respira tranquilo,
donde no hay que mendigar abrazos
ni perseguir presencias.
Escucha…
porque ahora sabes
que ser escuchado es un regalo,
pero saber escuchar
es una virtud.
No llames
a quien nunca aprendió tu nombre,
No insistas
donde tu ausencia no deja huella.
Agradece
a quien se queda
cuando la música termina y las alegrías se vuelven penas.
En esta edad bonita tu luz
alumbra
a quien está en la sombra.
Ya no siembras
donde solo hay piedra.
Ya no corres
tras afectos tibios.
Has comprendido
que el amor no se mendiga
y que la dignidad
es más valiosa que cualquier aplauso.
Perdona…
si te alivia el corazón.
Recuerda…
si te enseña el camino.
Camina ligero de orgullo
y pesado de bondad.
Respeta al que piensa distinto,
al que vive despacio,
al que aún no ha entendido lo que tú ya sabes…
Respeta al que falla,
al que duda,
al que empieza tarde.
Respeta los procesos,
las heridas invisibles,
los silencios necesarios.
Respeta incluso la distancia
cuando protege la paz.
Porque la conciencia
no grita,
no invade,
no impone.
La conciencia comprende.
Y en esta edad bonita
donde la prisa ya no manda,
aprendes que la verdadera fuerza
no está en tener razón,
sino en vivir en coherencia.
¿Dónde está la paz?
En la integridad.
En la lealtad.
En la transparencia.
En poder mirarte al espejo
sin bajar la mirada.
Y sobre todo…
en respetarte.
Porque quien se honra
no necesita imponerse.
Y quien respeta
siempre deja huella.
Isabel Poyato