Apenas levantan tres palmos del suelo, pero en sus mochilas cargan trocitos de cielo.
Se encuentran al borde del tobogán, entre risas y arena, jugando sin más.
Y el sol se detiene, curioso y sereno, a mirar ese instante pequeño y tan pleno.
Corren al encuentro con dulce asombro, y se abrazan con fuerza, del cuello al hombro.
Es una locura de manos pequeñas, que no saben de quejas, ni saben de penas.
A él le brillan los ojos,
¡qué grandes están!
como dos canicas que vienen y van.
Y ella se enciende color de fresa, mientras esconde la cara, rendida y traviesa.
Se buscan las manos, se dan calorcito, y caminan despacio… dándose besitos.
Se sientan de frente, cruzando las piernas, en esa edad mágica que nunca se quiebra.
Comparten secretos que huelen a tiza, mientras el mundo se para en sus risas.
Él le regala un cromo, ella un caramelo, pequeños tesoros guardados con celo.
No hay prisa en sus dedos que juegan inquietos, sellando su pacto de amor sin secretos.
No saben leer, ni falta que hace, para este amor que jugando nace.
Son dos capitanes de un barco de viento, que han descubierto jugando su mejor cuento.
Isabel Poyato Chacón
Fotografía generada con ayuda de IA
