Llueve. La mecha del candil respira despacio, como si entendiera que esta noche no es para prisas; hay memorias que solo brotan cuando la luz es tenue y el silencio acompaña.

Frente a frente, dos enamorados con las manos llenas de tiempo, se miran sin hablar, porque ya no hace falta. Sus ojos hablan el idioma de quien ha amado mucho.
Evocan su primer beso, torpe y eterno, cuando el mundo cabía en un temblor. Y aquel primer baile: dos cuerpos aprendiendo a encajar al compás de una cálida canción y de un futuro sin estrenar.
Repasan risas, alguna herida, noches largas y días cortos, y cómo el amor fue creciendo sin pedir permiso, como la hiedra en los muros viejos.
La lluvia persiste fuera, el viento insiste, pero dentro todo está a salvo. La llama no alumbra el cuarto, alumbra la vida compartida.
Mientras el fuego arde, ellos saben que el amor verdadero no hace ruido, solo permanece, como esa pequeña luz que nunca se apaga si hay dos corazones mirándose así.
La noche viste de agua y el viento desordena las hojas. Solo el candil, con su aliento cansado, se atreve a quedarse despierto.
Hubo caminos torcidos, inviernos sin lumbre, pero el amor aprendió a encenderse incluso bajo el temporal.
Ahora la llama oscila como tiembla la memoria, y aun así ilumina. Al consumirse el aceite, ellos comprenden que amar es quedarse, reconocerse, y seguir siendo hogar cuando afuera todo arde o se apaga.
Isabel Poyato Chacón.