noviembre 2, 2026

¿POR QUÉ NO CREER?

¿Por qué creer en la ciencia
y no en lo divino?

¿Por qué nos empeñamos en buscar
todas las respuestas en lo terrenal,
como si aquello que no podemos ver
dejara de existir?

Dios puso la sabiduría
en manos del hombre y de la mujer.
Les dio inteligencia, curiosidad,
capacidad para investigar,
para descubrir lo que permanece oculto
y encontrar remedios que salven vidas.

¿Y acaso no es eso también
una forma de continuar su obra?

La ciencia avanza,
explora, descubre, transforma.
Nos permite comprender nuestro cuerpo,
conocer sus mecanismos
y luchar contra la enfermedad.

Pero ¿basta con conocer cómo funciona la vida
para comprender el misterio de estar vivos?

Contemplo al ser humano
y me cuesta creer que tanta complejidad,
tanta belleza y tanta perfección
sean algo que debamos mirar
sin preguntarnos de dónde venimos.

Somos materia, sí.
Un cuerpo que siente, que enferma,
que envejece y que un día se detiene.

Pero hay algo en nosotros
que va más allá de lo que podemos tocar.
Algo que nos hace amar,
que nos da esperanza cuando todo parece perdido,
que nos levanta cuando las fuerzas nos abandonan.

Yo lo llamo alma.
Lo llamo espíritu.
Lo llamo Dios, cuando necesito encontrar
una respuesta que mi razón no alcanza.

No pretendo negar la ciencia.
Sería absurdo desconocer
cuánto debemos a quienes investigan,
a quienes dedican su vida
a aliviar el sufrimiento de los demás.

Creo en la inteligencia humana,
en su capacidad para avanzar
y en todo lo que todavía nos queda por descubrir.

Pero también creo que hay preguntas
que no se resuelven únicamente con fórmulas,
porque el ser humano no solo necesita
entender la vida.
También necesita encontrarle sentido.

Y entonces me pregunto:
¿por qué enfrentar la ciencia con la fe?
¿Por qué pensar que creer en Dios
significa dejar de creer en el hombre?

Tal vez la sabiduría que nos permite descubrir
sea también un regalo.
Tal vez investigar no nos aleje de lo divino,
sino que nos acerque un poco más
a la inmensidad de aquello que somos.

Yo no tengo todas las respuestas.
Tampoco necesito tenerlas.

Me basta con mirar la vida,
sentir su inmensidad
y reconocer que, por mucho que aprendamos,
siempre habrá algo que nos sobrepase.

Y desde esa pequeñez que me hace humana,
desde mis dudas y mis convicciones,
sigo creyendo.

Porque la ciencia puede ayudarme a comprender
cómo funciona mi cuerpo,
pero mi fe me permite mirar más allá de él.

Y mientras haya algo que no pueda explicar,
algo que me conmueva,
que me sostenga y me invite a seguir adelante,
seguiré dejando una puerta abierta al misterio.

Porque creer no significa dejar de pensar.
Y pensar no tiene por qué impedirnos creer.

Autora: isabel Poyato.

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