Fui casa, refugio y llama.
Fui abrigo en las noches frías,
el hombro que sostuvo el llanto,
la voz que acalló tus miedos,
y la fe que te empujó a volar.
Te di mis días sin contarlos,
mi piel hecha abrigo,
mi cuerpo sin medida,
mi tiempo, mi sueño, mi todo,
Pasé mi juventud entre pañales
y desvelos
sin pedir nada.
Di amor, mucho amor.
Te di todo…
hasta lo que no sabía que tenía.
Pero llega el día —
silencioso, punzante—
en que las puertas ya no se abren,
en que el teléfono ya no suena,
las llamadas se marchitan
y el eco de tus pasos se va borrando
por los pasillos del recuerdo.
Y yo sigo aquí,
madre abnegada, entregada,
con el alma tendida al sol,
esperando una caricia,
una mirada,
un “mamá, ¿cómo estás?”.
Desaparezco lentamente…
como la niebla al mediodía,
como una vela que se extingue
sin testigos, sin aplausos,
solo con el leve consuelo
de saber que fui amor —
Y ahora,
cuando mis manos tiemblan buscando las tuyas,
solo encuentro aire.
Aire frío.
Silencio.
Las llamadas se marchitan,
las visitas se hacen migajas,
y tu voz, que antes era mi canto,
ahora es solo un ruido lejano,
un eco que no se detiene en mi puerta.
Desaparezco,
sí…
poco a poco,
como una foto que se borra por el tiempo,
como una palabra que nadie pronuncia.
Soy la madre útil que dejó de ser necesaria,
la que ya no figura en la lista de prioridades,
la que molesta,
la que estorba,
la que “ya está bien, mamá, luego te llamo”.
He sido el amor que no se cobra,
el corazón que no se queja,
la entrega que se da entera —
y aún así,
no basta.
Me desvanezco en silencio,
mientras ellos viven.
Y yo,
sigo viva,
pero invisible.
Isabel Poyato