enero 30, 2021

ZORAIDA

ZORAIDA

      Ver a Zoraida y enamorarme de ella fue el más claro ejemplo de lo que en física se conoce como causa-efecto. Allí estaba, en aquel vagón del  metro en una templada mañana de la primavera valenciana. El vagón iba lleno aunque no abarrotado como en horas punta. Nunca olvidaré la fecha, 8 de mayo, porque era el cumpleaños de mi padre, (ya fallecido). Mas bien bajita, pero proporcionada, con una falda monísima, y una camiseta con un bonito dibujo y un slogan serigrafiado  que ponía “Me gusta amar”.  Al hombro llevaba colgado, en bandolera, un gracioso bolso. De boquita pequeña, labios ni gruesos ni finos, dientes bien alineados y blancos (con el tiempo yo saborearía muchas veces), aunque  esto será más adelante.   Pelo moreno, con un gracioso corte al estilo Paz Vega.  Sus ojos, mezcla de azul y verde mar,  sus piernas, contorneadas y el pecho, pequeño, sus senos con el tamaño justo para aparecer tentadores, como ofreciéndose, ocultos bajo la camiseta serigrafiada. 

      Sí, Zoraida me enamoró aquella mañana en el Metro de Valencia.

      Ni remotamente podía imaginar yo que nuestros nombres iban a  proporcionarme, por asociación, una metáfora, porque yo me llamo Alejandro, y ella Zoraida.  Las iniciales corresponden a la primera y la última letra del alfabeto, así pues, es todo un símbolo del principio y del fin.  Zoraida y yo, Alfa y el Omega, suena como a magia, ¿verdad?

      El destino, siempre impredecible, impenetrable, convive con nosotros en el devenir diario con su misterios. Siempre oculto, como un delincuente embozado en la oscura esquina de un callejón, dispuesto al asalto, sin permitirnos saber que será de nosotros más allá del próximo segundo de nuestra existencia, imprevisible, pero sus efectos nos pueden durar toda la vida.  Y si no, veamos de qué manera tan inesperada, absurda e incluso diría  cómica, por no decir rozando lo ridículo, nos encontramos

      Quiso el mencionado destino que un hombre cayera aquella mañana accidentalmente a la vía. Frenazo brusco, tremendo, y allá que llega Zoraida directamente a mis brazos,  como un regalo del cielo.  ¡Pura magia!     Estaba agarrada a la barra del techo, pero la violenta frenada la pilló desprevenida, como a todos los viajeros,  y se desprendió de ella. Dió dos pasos tambaleantes, y  se sujetó a mi,  la tenía pegada a mi cuerpo.  Noté su pecho incrustado en el mío. Yo, con la mano que tenía  libre, porque la otra seguía agarrada a la barra, la abracé  en un gesto instintivo, no buscado, porque la escena se  desarrolló en décimas de segundo. No dió tiempo a pensar. Y además es imposible intuir ni remotamente, en ese momento, que ese abrazo involuntario sería el primero de muchos más, ya no involuntarios. 

      Aun sin haberla soltado todavía, dirigió su mirada hacia mí y con una sonrisa de ángel que me dejaba entrever, por primera vez, sus dientes blanquísimos, me dijo:

      “-Uy, perdón, ¡Si no llega a ser por ti me voy al suelo!” 

Si sus rasgos ya eran delicados, no digo nada de la dulzura de su voz, muy femenina y con excelente dicción. (Cosa que yo admiro mucho).

      “-Que va, mujer” –le contesté yo algo aturdido por la velocidad de los acontecimientos –“Lo que tengo cada vez más claro es que voy a tener que comprarme un coche, aunque sea de segunda mano, y dejar de ir en Metro. ¡Además de lo agobiante que es estar aquí dentro!- esta explicación se la  di mientras no dejaba de sonreírle-   

      Lo cierto es que Eros es muy pillo, a veces hasta fullero, y se vale de mil estrategias para poner a dos personas en contacto.

      Yo, pese a ser un empleado  administrativo,  de apariencia corriente aunque bien parecido, poseo un espíritu poético, romántico.  Como ya sabemos, mi enamoramiento por Zoraida fue un flechazo en toda regla.  Así que al tercer día desde el incidente, porque nos veíamos todos los días en el vagón,  acordamos vernos fuera del Metro. A partir de aquel, nuestros  encuentros fueron proporcionalmente más continuos y fogosos. Yo  estaba entregadísimo, mientras que ella, de alguna manera, parece que “se dejaba querer”. Me gustaba, pero sobretodo es que disfrutaba cuando veía reflejada en su mirada como le transmitía que la amaba. ¿A qué mujer (u hombre) no le gusta notar que su pareja está enamoradísimo(a)? ¿A quién no le gusta ser amado, admirado o deseado(a)?

      Mi alma poética salía a relucir en cuanto estaban en cualquier lugar que se prestara a situaciones de este  tipo, como una tarde en  que estaban paseando por unos jardines, sentados en un banco de madera.  Le tomé  de repente las manos y, mirándola a los ojos, le dije unas palabras que  salían directamente de mi alma:

    “- Zoraida, mi amor,  cuando te vi por primera vez me pregunté si había merecido la pena vivir antes. ¿Cómo podía haber estado todo este tiempo sin saber de tu existencia, sin extasiarme viendo tus ojos, sin la delicia de tocar tu piel, sin el embrujo  de escuchar tu voz, de oler tu aliento o de besar tu boca?

      Gracias a ti he sentido cálidas  caricias en el alma, porque lo haces continuamente con tus gestos, con tu mirada, con tu forma de andar y con tu risa que me recuerda al sonido de una fuente en un patio que huele a azahar, mientras se oye el sonido de un chorro de agua que cae débilmente al suelo.

      Me siento  tan unido a ti como están las ramas al árbol.  Cuando estoy a tu lado me siento ingrávido, parece que floto y que estoy paseando entre nubes.  ¡Que largas se me hacen las horas del día hasta que puedo reunirme contigo; necesito tenerte a mi lado siempre.

      Te repito ¿cómo pude vivir antes de que entraras en mi universo, chiquilla? Me gustaría pasar día y noche abrazado a tu cuerpo  y sentir juntos la caricia del sol o la humedad de la lluvia, porque tú y yo somos inseparables.  No puedo estar un instante sin amarte y de sentirme amado por ti.  Eres mi todo”.

Zoraida se sentía transportada a los Campos Elíseos, cuando oía frases tan hermosas y gozaba plenamente al sentirse plenamente realizada como mujer.

      Y así, entregados el uno al otro pasaba el tiempo.  Hacían el  amor con pasión, porque este acto es la demostración física de lo que el corazón siente.  Hacer el amor es el complemento que este necesita, que requiere, exige y ordena para que se pueda materializar en toda su extensión el sentimiento. De alguna manera lo solidifica,  lo concatena, lo funde formando un todo.  El acto sexual pone la guinda y cierra el círculo del amor espiritual, porque: ¿Acaso se puede concebir al pavo real sin su cola? ¿A un sol que no dé calor? ¿A una rosa sin olor? ¿A un arco iris sin color? ¿A un árbol sin raíces o a los pájaros sin alas?

-Todo iba bien en la relación aunque a veces, así, de una manera sutil, opaca, él viene notando ciertos detalles en ella que le extrañan. Pero no le comenta nada. Sin embargo, a Alejandro hace algún tiempo que le parece que Zoraida ya no está tan entregada como él a ella. No es nada concreto, solo es un feeling que no se puede explicar. Pero el destino, una vez más el dichoso destino que tanto se divierte en complacernos o en hacernos padecer, según con qué pie se haya levantado ese día, y que hace una vez más lo que quiere con los humanos propicia que su móvil suene. –

       Es Raúl, un íntimo, una de esas personas que son menos que familia pero más que amigos por tener con ellos una relación muy especial, y empiezan a hablar. 

      “- Alejandro, ¿qué tal hombre, cómo estás?”

      “-Hombre Raúl, que alegría escucharte, estoy bien, ¿y tú? Jo, qué sorpresa tan agradable, joder tío, cuanto tiempo ¿qué me cuentas?”

      “Alejandro, créeme que me he pensado si debería haberte llamado o no, pero pienso que, por encima de cualquier contingencia o factor, la amistad entre dos personas, cuando es sincera, consiste, sobre todo, en pedir o brindar ayuda cuando se dan las circunstancias …

De antemano perdóname, sé que te voy a hacer daño con lo que te voy a decir, porque sé lo enamorado que estás de Zoraida…”-y en este punto Raúl hace una pequeña pausa que no presagia nada bueno, tiene dudas de qué palabras usar para proseguir.

       Alejandro, sobresaltado y nervioso escucha atento.

      ”-Raúl, déjate de más preámbulos por favor, te lo ruego, ¿Dime qué pasa? 

      “-Zoraida te engaña” –Raúl pronuncia estas tres terribles palabras en un tono apesadumbrado, pero rotundo.

      Una losa que le hubiera caído sobre la cabeza no habría dejado a Alejandro más apesadumbrado. Sin lugar a réplica, Raúl prosigue:

“-Mira, sé que estás en el trabajo pero, cerca de ahí, en la Avda. de Francia, en la Cafetería Mimau, está Zoraida, acompañada… por lo que he podido ver… creo que hay algo entre ellos… Yo acabo de pasar por allí. Como no estás lejos, creo que deberías acercarte y comprobarlo. El tema es lo suficientemente grave como para que constates por ti mismo la veracidad de mis palabras. Querido amigo, perdóname si con esta llamada te he causado dolor, repito que he dudado en hacerlo, pero mi amistad y confianza contigo me exigían hacerlo. Bueno, tú ya decides…Tengo que dejarte, un abrazo, amigo mío”.

      Alejandro, sin pensarlo dos veces  va a al perchero, coge su chaqueta, se la pone y sale a la calle. El tráfico es intenso a esa hora y  se impacienta cuando llega al semáforo de la esquina y está en rojo. Aguarda impaciente a que cambie  y,  se dirige directo, al lugar preciso  que le ha indicado Raúl.

      Avanza hacia la cafetería  temeroso más que ansioso de lo que se pueda encontrar. Tiene miedo a descubrir con sus propios ojos algo terrible. Su corazón late con fuerza. Su mente le ordena que vaya hacia un espacio desde donde pueda, discretamente, ver sin ser visto. 

      Pronto halla un lugar adecuado,  que le proporciona una excelente visión. Allí,  a  escasos metros, a tavés de la ventana de la cafetería, ve a Zoraida. Está acompañada por un hombre, de aspecto joven… ¡se están besando en la boca apasionadamente! La caricia dura solo unos instantes, se recobran, pero, al momento, vuelven a unir sus labios mientras se abrazan. Alejandro, queda consternado…

      Por su  cabeza circulan precipitadamente muchos sentimientos y emociones, entrecruzados los unos con las otros. Se atropellan y se entremezclan.  Está derrumbado. Tiene que sentarse, respirar hondo. Su primer impulso es salir corriendo hacia ellos y agredir al joven. También piensa en acercarse e, ignorando al hombre, pedirle explicaciones a ella…piensa en varias posibilidades. ¿Acciones violentas y precipitadas? No, mejor no,  él es un hombre inteligente y contenido, y haciendo un esfuerzo supremo consigue dominar sus emociones ,cosa difícil pero no imposible. Sabe que con violencia no va a resolver nada. Lo que él ha visto con sus propios ojos tiene que valorarlo despacio antes de tomar decisiones, y para eso es imprescindible conservar la serenidad y la sensatez. Finalmente decide no hacer nada en ese momento.

      Zoraida le ha engañado. Ya venía notando él algo raro, pero jamás se le podía pasar por la imaginación que ella le estaba traicionando. ¿Por qué no le había planteado la situación a él? ¿Por qué lo había mantenido en secreto, hasta el punto de tener que enterarse por un amigo? 

      Él amaba (¿o todavía la ama?) con locura a aquella mujer, pero tiene que pensar cómo debería actuar. Cabizbajo, con los ojos empañados por un llanto a punto de estallar, se contiene. Se da la vuelta y se encamina de regreso hacia su oficina. Tiene  que terminar su jornada laboral. Ya pensaría más tarde como enfrentarse a Zoraida.

Como es natural, esa noche no fue a ver a Zoraida. Le envió un Whatsapp, diciendo que no se encontraba bien, ella le respondió con otro preguntando qué le ocurría. El pretexto fue una fuerte jaqueca, y que ya se verían al día siguiente.

Le  cuesta coger el sueño, no puede dormir, su cabeza es un continuo bullir de pensamientos pensando en cuantas alternativas puede encontrar, pero su dolor es intenso y no se decanta por ninguna. Alejandro tiene  mortalmente herida  su alma enamorada. Finalmente llega a una conclusión: lo mejor es apartar a Zoraida de su vida, prefiere no verla más. No quiere tener que enfrentarse a esos ojos amados porque sabe que se va a derrumbar y podría transigir en pasar por alto una traición imperdonable, además, lo peor es que ha perdido la confianza en ella. Mejor es valerse de la tecnología y mandarle otroWhatsapp  por la mañana, diciéndole que la vio en la cafetería besándose con otro hombre y que no quiere volver a verla… este Whatsapp es más extenso…

      Hola Zoraida:

     Nunca pensé que un día pudiera escribir este mensaje. Me equivoqué contigo, y  he asumido y aceptado, con dolor de mi corazón, que esta relación se ha terminado.

   Me duele como no puedes imaginar tu infidelidad, pero más aún, de la forma tan miserable y triste como me he enterado. Siempre creí y confié en ti y en tu amor ¿Por qué no me planteaste el tema? ¿Por qué no te sinceraste conmigo y lo hubiéramos hablado? Quizás hasta podríamos haber encontrado una solución. Fíjate que, hasta habría intentado comprenderte, porque a lo mejor yo he tenido fallos contigo, pero lo que nunca te podré perdonar es la ocultación, es lo más doloroso que hay en una traición.

     Hoy todo se ha acabado, porque he dejado de creer en ti.  Uno de los valores más importantes, una de las columnas que sostienen el edificio del amor es  la confianza. 

     Guardo bonitos recuerdo… Nos hemos reído, compartido experiencias, aprendido cosas juntos y disfrutado de los placeres carnales, pero todo eso lo has tirado a la basura. ¡Dios!  Cómo sufro con cada palabra que me sale del corazón y traslado WhatsApp,  porque son sentimientos… pero debo hacerlo, porque reflejan  mi triste realidad. Qué más quisiera yo que esto solo fuera producto de una pesadilla.

     No hay nada que mate al amor, que lo asesine  más rápido y rotundamente que la infidelidad. Has estado conmigo una parte  de mi vida y por lo tanto permanecerás  en mi memoria y siempre, de alguna manera, formarás parte de mí- 

       Nos separamos en este cruce del camino y cada uno tomará por el suyo. Te deseo que seas feliz, a pesar del daño que me has hecho, porque  ha sido mucho lo que te he amado, por ello, en mis palabras finales he recordado estos versos de Bécquer:

…mudo y absorto,  y de rodillas,

como se adora a Dios ante el altar,

como yo te he querido…desengáñate,

¡Así no te querrán!

Nuestra historia termina aquí. 

Adiós Zoraida.

      En la soledad de su alcoba Alejandro llora, pero también piensa que es muy joven, que tiene mucha vida por delante y que el amor le visitará más veces. Su condición es noble, por eso, en la soledad su habitación, se enciende en su alma la luz del poeta que lleva dentro, y, mientras piensa en Zoraida, de su corazón más que de su cabeza le fluyen estos versos: 

Que gran error cometí

Regalándote mi corazón,

Pero ni así me arrepiento

Del gran amor que te di.

El amor es generoso,

Es dar al otro calor

Es un sentimiento hermoso

Y en él no cabe el rencor.

Alejandro no recibió respuesta por parte de Zoraida. No hubo contestación ¿para qué? Las agonías, mientras más breves mejor.

     Por otro lado, dicen que…el silencio otorga.

FIN

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