enero 4, 2021

Tristeza de amor

Tenía las manos frías como era habitual en ella, aunque esa tarde era más gélida, quizá por la ausencia de los rayos del sol y sus manos eran más vulnerables al frío.

Por esa misma razón y con un gesto de timidez y estremecimiento, escondió sus manos entre sus brazos para darles calidez y confort. La primavera empezaba a dar sus primeros minutos de vida. Los días eran cada vez más largos. De las entrañas de la tierra empezaban a asomar esos brotes de florecillas multicolores, que se empeñaban en abrirse paso, entre el césped algo descuidado, aunque ella trabajaba mucho, pero es que el trabajo de arreglar el jardín la dejaba agotada. También tenía un huerto con muchos naranjos gracias a la cercanía de un cercano riachuelo que humedecía mucho las tierras, siendo esto fundamental para este tipo de árboles.

      En otros lugares, las margaritas salían en ramilletes. Se les “notaba” el ansia por asomarse a la vida, aunque solo durasen unos meses porque las flores son, pese a su belleza, desgraciadamente lo más perecedero que existe, aunque compensan la brevedad de su vida con la belleza que nos regalan.

Aquí y allá también habían surgido algunas amapolas, con su rojo intenso y la delicadeza de su suave hoja que la brisa hacía estremecer con sus caricias. La combinación de margaritas y amapolas era una delicia para la vista.

      Todos estos pensamientos y visiones pasaban, a veces atropellándose, por la cabeza de Carmen, mientras se frotaba suavemente las manos tratando de hacerlas entrar en calor, cosa que raramente conseguía.

Estaba sentada en el porche de su casa, en un pequeño balancín que había en un extremo de este y al que suavemente imprimía un suave balanceo. Era un porche precioso. Un corredor largo con baldosas de color rojo cereza. Una amplia baranda de madera ofrecía la posibilidad de colgar por sus costados diferentes macetas con flores.

Todos los tiestos eran uniformes, lo cual daba un sentido ordenado y estético al conjunto. También en las paredes lucían unos platos de cerámica. Carmen estaba muy orgullosa de su porche y de su casa en general. Al fondo, allá en el horizonte, se vislumbraban, más que verse, dada ya la hora que era, unas montañas que la distancia hacía que parecieran de color azul oscuro.

Carmen vivía sola. Era viuda hacía diez años. Había tenido dos hijos de su matrimonio, una hembra y un varón, pero llevaban años viviendo lejos de donde Carmen residía. Tenían ya sus familias formadas hacía años, ambos tenían hijos y, aunque tenían frecuente trato telefónico, cada navidad y verano se acercaban a casa de su madre a pasar unos días con ella, permitiendo que esta disfrutara de sus nietos a los que quería con locura. Sus hijos procuraban por todos los medios que esa costumbre no se interrumpiera.

La mayor distracción de Carmen en el presente era, aparte de ver la tele, concursos y Reality Show tan llenos de distracción, quedarse a solas con sus pensamientos recordando los años ya vividos. Recordar es “volver a pasar por el corazón”, y esto sí que le gustaba hacer a Carmen. Toda vida se compone de cosas buenas y otras no tanto, pero ella quería “revivir” todo, lo malo y lo bueno, había sido su vida hasta el momento y ya no había vuelta de hoja.

¿Y cómo había sido su vida? ¿Había merecido la pena llegar hasta aquí? Carmen tenía en el presente sesenta años.Pese a ser una edad que ya imponía respeto, estaba muy ágil, se conservaba bien, sobre todo mentalmente, pues su memoria no había entrado aun en esa fase de debilitamiento que hace a las personas quedar con la mente en blanco , porque no se acuerdan de nada. Además, ella procuraba estar activa siempre que podía, eso la ayudaba a mantenerse en buena forma.

Una de las cosas que con más ilusión e interés trataba de recordar paso a paso, eran sus años de convivencia con Thor, su marido. Thor, había sido su único amor hasta que… pero… estos puntos suspensivos quedarán aclarados más adelante, a medida que avance la historia.

A Thor, le conoció en los tiempos del Instituto al que ambos asistían, ya que era mixto. Los dos estudiaban el Bachillerato. El trato era diario, tanto en clase, compartiendo los recreos y afinidad a deportes comunes, como el senderismo. Tenían además casi los mismos gustos musicales, iban juntos a los guateques estudiantiles de la época o al cine cuando había algunas pesetillas en el bolsillo.

      Ambos disfrutaban cuando podían ir a ver una película, porque era  la oportunidad de estar dos horas cerca  en la oscuridad y, con suerte y sobre todo cierta osadía, algún que otro beso llegaba ocasionalmente directo a su destino. Pronto hicieron que aquel compañerismo estudiantil pasara a ser amistad y de ahí, al cabo de un cierto tiempo, en amor.

      La verdad es que de la amistad al amor, entre hombre y mujer, solo hay es una delgada raya invisible  muy  fácil de traspasar. ¿Será por eso que hay quien dice que es imposible la amistad entre un hombre y una mujer?  Carmen no tenía respuesta a esta pregunta, pero por la experiencia que estaba viviendo en su caso, la respuesta  sí que le había llegado clara e incluso pronto, y le daba la razón a quien así se manifestaba.

No hubo declaración de amor, al menos tal como siempre la había imaginado en su mente juvenil Carmen, que era demasiado romántica, sentimental y emotiva.

Para su pesar, no hubo esa declaración por parte de él, imaginándolo arrodillado ante ella, con una rodilla en tierra, mientras que le ofrecía, mirándole a los ojos un ramo de rosas al tiempo que le decía que la amaba y que quería que fuera su novia. No, nada de eso. Él se limitó, una tarde gris, las que menos le gustaban a ella, a cogerle tenuemente dos dedos y preguntarle si quería ser su novia, pero en una escena de lo más simple y vulgar, además, sentado en un banco en mitad de una calle comercial donde el murmullo de las conversaciones de la gente que se cruzaba hurtaba todo romanticismo al acto. Pero ella lo aceptó.

Uno de los grandes errores que cometemos los humanos es pretender que los demás sean como nosotros quisiéramos que fueran. No es así, o se asumen como son, se aceptan y se adapta uno o una a ellas o ellos, o nos apartamos a un lado del camino dejando paso a otros u otras. Aquí no caben términos medios. Cada cual es como es, y los caminos no se pueden modificar, todo lo más, coger por otros.

Thor, no era precisamente el hombre con el que siempre soñó, lo iba comprendiendo con el paso del tiempo. Era bueno para ella. Cumplía, como se suele decir, pero ni de lejos llenaba, ni llenaría jamás, ese espacio de fantasía que había entre lo que es el amor real que ella vivía y lo que en el fondo de su corazón anhelaba, sencillamente porque no él era así.

Se casaron. Carmen siempre pensaba en ese tipo de amor romántico que antes comentaba y del que carecía. Al cabo de un año nació su primera hija, que les colmó de ilusión, aquí sí que ambos coincidían en el punto de felicidad. Tres años después llegó el hermanito, y con esto ya quedaba consolidado el matrimonio formando una familia completa y feliz… más para él que para ella.

      Carmen no era  completamente feliz, pero gozaba de tranquilidad y de un buen nivel de vida. Thor, era un hombre leal y, a su manera y forma de ser, estaba enamorado  de ella y quería hacerla feliz. Ella lo sabía y así lo había aceptado,  por lo tanto nunca esperó que Thor apareciera un día de cielo brillante ante ella, montado en un hermoso y blanco corcel, acercándose a las murallas del castillo donde ella moraba y en las que, por las tardes, se asomaba ilusionada por una de las almenas para ver  aparecer a aquel príncipe, que, acercándose al portalón, le  gritaba desde abajo:

      “-Ya estoy aquí mi princesa, deseoso de saborear el néctar de vuestros labios,  de quedar hechizado con el aroma que despide vuestro cuerpo y de acariciar vuestra alma con palabras de amor cantadas con mi laúd”.  Entonces, Carmen se iría con él subida a su caballo, cabalgando por los montes.

      No, Carmen nunca podría haber esperado eso de Thor, pero esas fantasías  le hacían sentirse viva, con ellas vibraba y su cuerpo gozaba.

Por otro lado, no dejaba de ser importante porque Thor, era un hombre con buenos medios económicos, era dueño de una empresa de productos de limpieza. Este es un negocio que nunca falla pese a cualquier crisis, porque los productos desinfectantes y de limpieza siempre son necesarios. Carmen era buena consejera suya. No era mal jefe y en general era querido por sus trabajadores. Este negocio lo había heredado de sus padres, a la vez que en el Banco le habían dejado una pequeña fortuna que bastaría para cubrir, con amplitud, cualquier contingencia que se presentara. Al margen de esto, estaba la casa, que era muy grande y disponía de terrenos de grandes dimensiones que sumaban unos dos mil quinientos metros cuadrados. Se podía decir que era un matrimonio de clase media alta, de vida acomodada.

      El tiempo pasó, los niños crecieron y llegó el momento en que, al contraer matrimonio, se alejaron de sus padres, para formar sus propias familias.  

Su vida transcurría monótona, dentro del bienestar económico que disfrutaba hasta que, una aciaga tarde, una llamada telefónica la sobresaltó. Un sexto sentido la advirtió que no podía ser para nada bueno, ya que sus hijos cuando la llamaban era por la noche, y Thor era raro que desde la fábrica la llamara. Con cierta preocupación descolgó el teléfono. Era Paqui, la secretaria de su marido que, con voz acongojada y presa de los nervios le dijo:

      “-Doña Carmen, soy Paqui, lamento decirle que su esposo parece haber sufrido un infarto mientras estaba en su despacho, ha perdido el conocimiento y no reacciona. Mientras la estoy llamando a usted, un compañero está llamando a una ambulancia que llegará en pocos minutos. ¿Quiere usted que la mandemos a recoger a casa, o prefiere llamar un taxi?, no debería usted arriesgarse a conducir  con los nervios que tiene en este momento”.

      “-¡Dios mío! –Exhaló en un grito Carmen- Voy para allá, conduciré yo, no se preocupe, tendré cuidado, y me llevo el móvil que conectaré con el Bluetooth para usarlo sin manos. Paqui, llámeme con cualquier novedad por favor y además indíqueme a qué hospital lo trasladan”

       “- Así lo haré, Doña Carmen, descuide”- y colgó.

Cuando Carmen llegó al Hospital, enseguida le dijeron que su marido, pese a los esfuerzos practicados por el equipo médico, había fallecido hacía unos minutos. Carmen estalló en un agigantado y violento sollozo por la pena de no haber podido llegar a tiempo de verlo aún con vida. Mientras, Paqui, la secretaria y una enfermera, la tomaron cariñosamente por el brazo y la ayudaron a sentarse en un banco de la sala del hospital, al tiempo que Paqui la abrazaba tiernamente.

Por deseo expreso de su padre y según el testamento redactado, la fábrica la heredaron los hijos, descargando así a Carmen de esta responsabilidad. A Carmen le dejó una suma importantísima de dinero, unos  ochocientos mil euros para que nunca le faltara de nada, así quedó todo muy ordenado, cosa nada rara en Thor, que siempre había sido un hombre metódico al que le gustaba tenerlo todo bien atado . 

      Todos y cada uno de estos recuerdos pasaban por la mente de Carmen mientras seguía balanceándose en el balancín del porche, en aquella tarde de finales de invierno.

Habían transcurrido de estos acontecimientos ya unos años, que a ella le parecieron una eternidad.

Carmen siempre pensó, como la mayoría de la gente, que aunque en la vida puede haber más de un amor, el Amor, así, con mayúsculas sólo aparecía una vez en la vida, pero esta le demostró lo equivocada que estaba, porque en la suya, cinco años después del fallecimiento de Thor, apareció Stanley

De la manera más casual y nada espectacular, habían chocado tontamente en el corredor de un Supermercado con sus carritos de la compra, cayéndose algunas bolsas del de Carmen al suelo, que Stanley, disculpándose con énfasis, se apresuró a recoger. Después de un breve intercambio de palabras propias del incidente, Stanley, para disculparse, la invitó cortésmente, si a ella le apetecía, a tomar café en la Cafetería del establecimiento. Congeniaron enseguida. Al parecer, en el poco rato que conversaron, se dieron cuenta de que tenían afinidades comunes. Al acabar, él le ofreció su teléfono por si alguna vez necesitaba algo, cosa a lo que ella correspondió pensando que era un mero acto de cortesía, pero unos días después, para su sorpresa, recibió una llamada suya para invitarla a otro café.

Ella, aburrida como estaba, aceptó y, a partir de aquel día, los encuentros fueron frecuentes. De ahí a algo más serio solo hubo un paso. Era normal, dos personas solitarias se habían encontrado y por qué no pasar de vez en cuando un ratito de conversación a gusto.

Stanley, era de origen inglés , de padre inglés y madre española, había vivido casi toda su vida en Londres, pero al morir sus padres decidió venirse a vivir a España, donde él pensaba que se vivía mejor, no solo por razones climatológicas, sino por el carácter de los españoles, afable y hospitalario y Stanley, aparte de que hablaba estupendamente su lengua materna, conocía bien nuestro país pues, desde niño, sus padres le habrían traído de vacaciones cada año a casa de sus abuelos maternos , por lo tanto no tuvo ningún problema de adaptación.

Hombre culto y de excelente aspecto físico, era comerciante de obras de arte, y eso propiciaba que, además, gozara de un agrado personal y facilidad de palabra que encandilaba a quien le tratara. Todo en él invitaba a una rápida confianza. Stanley, era soltero y vivía solo en un modesto estudio en las afueras de la ciudad, según contó a Carmen.

Cuando había transcurrido sólo un mes del primer encuentro, un día la conversación se encarriló por derroteros a los que estaba predestinado que tenía que llegar y convinieron en vivir juntos, trasladándose Stanley a vivir a casa de Carmen, pues esta reunía mejores condiciones que las de él , aparte de que, Carmen, por nada del mundo, quería privarse de disfrutar de su campo y de esas tardes sentadas en el porche de su casa mientras contemplaba como el sol se ponía. Staney complació con gusto los deseos de ella y se trasladó a vivir a su casa

Él era diez años menor que ella, pero a Carmen ni le importó eso ni el hecho de que empezaran a vivir juntos. No sería ni la primera ni la última vez que la gente se unía en pareja y ella, y él por supuesto, libres como eran y ya mayores, no tenían que darle explicaciones a nadie. Bueno Carmen sí. Habló con sus hijos, pensó que debía hacerlo, pero por puro deseo voluntario, y quería informar a sus hijos de su decisión. Y lo hizo hablando tan bien de Stanley que estos lo único que le pidieron era que querían conocerle antes de que siguieran adelante. Adelantaron un viaje de vacaciones para conocerle. Stanley, siendo como era encantador, les cautivó enseguida, así que, todo estaba ya bajo control y con los trámites familiares debidamente regulados.

Los primeros meses de convivencia fueron inenarrables. Carmen ni remotamente podía haber sospechado nunca que otro hombre la haría encender la llama del amor, y hasta del deseo. Siempre pensaba que, a su edad adonde iba a ir ya “lloviendo y sin paraguas”. Pero se equivocó de plano. Eros introdujo bien honda la flecha en su corazón pero además, esta vez, la flecha iba verdaderamente ardiente, pues Carmen estaba como transportada a otro mundo. Disfrutaba de su príncipe. Se llevaban estupendamente bien, los días, semanas y meses se les hacían cortos, y con respecto a las noches, Carmen también revivió algunas de sexo como nunca había experimentado con su marido. Además, Stanley era tan amable, tan refinado y tenía tanta sensibilidad, aquella que tanto necesitó siempre Carmen de Thor, y que nunca tuvo, que valoraba enormemente detalles como que, de vez en cuando y sin motivo de ninguna celebración especial, Stanley, se presentaba en casa con un ramo de flores que, sin venir a que, le traía como prueba de amor. ¿Quién dijo que las personas mayores no pueden enamorarse como quinceañeras? Pero así fue. Stanley, se había convertido en el gran amor de su vida, aquel que tanto añoró siempre.

Una mañana, tras el despertar, Stanley y Carmen que habían hecho el amor aquella madrugada de esa manera especial e intensa que Stanley sabía imprimir, Carmen quedó extasiada. Cuando por razones de edad se supone que el tema sexual no se puede interpretar con la fuerza y el poderío de los años jóvenes, aunque los años pasen siempre quedan recursos, y el arte de acariciar también con el alma es uno de ellos, porque saber acariciar es hacerlo también con el alma, y porque…amar es: AMAR.

Carmen se llevó una sorpresa, porque tras la fogosidad amorosa y de estar un rato abrazados, Stanley, metió la mano debajo de la cama y sacó sosteniendo entre sus manos una hermosa rosa roja que le ofreció, no sin antes haberla besado nuevamente con pasión. Estos detalles mágicos fascinaban a Carmen y hacían de ella la más dichosa de las mujeres.

Poco tiempo después, Carmen planteó el matrimonio, pero Stanley alegaba, que estaban bien como estaban. Que el matrimonio era muchas veces un formulismo y que, en lo que a él concernía, no veía la necesidad de pasar por el trámite que a veces no es más que eso, un mero formulismo social. Carmen no le dio mayor transcendencia a esta opinión y se adhirió a su forma de ver las cosas en este tema. Se amaban, y esa era la verdadera firma que valía mucho más que otra sobre un trozo de papel.

Transcurrieron diez meses de total felicidad. Un día Stanley le dijo a Carmen repentinamente que tenía que hacer un viaje a Suiza. Stamley, no había descuidado su trabajo de venta de cuadros y objetos de arte, y un cliente le había propuesto un negocio interesante en el que había que firmar unos documentos, por tanto, no podía eludir este viaje, así que, preparó una maleta con lo indispensable para dos días de viaje, y se despidieron. Ella se quedó muy triste por tener que quedarse sola un par de días o tres. Advirtió a Carmen que cabía la posibilidad de tener que alargar algún día más su ausencia. Se abrazó otra vez a él, advirtiéndole que no dejara de llamarla todos los días.

Pero transcurridos tres días Carmen no había recibido ninguna comunicación. Estaba muy nerviosa y preocupada. Le llamó a su móvil repetidas veces pero siempre salía esa vocecita tan impersonal que advertía que “el número al que llamaba no existía”. Carmen ya estaba seriamente preocupada. No sabía a qué ciudad de Suiza se había dirigido, así que no tenía medio alguno de saber de él, si solo supiera la ciudad llamaría a varios hoteles indagando.

Los días seguían pasando y ella seguía sin tener noticias de él.
A la semana, el teléfono fijo de casa sonó. A Carmen le dio un vuelco el corazón. Por fin su amante, su amor, daba señales de vida, y, aunque estaba deseando oír su voz, lo primero que haría sería reprocharle el abandono a que la había estado sometiendo, pidiendo explicaciones. Pero no era Stanley, era un admistrativo de un Banco. La voz fría y profesional, aunque amable del empleado preguntó, primero, si hablaba con Carmen López y ella, al confirmarlo, escuchaba impresionada la información:

“Señora López, le ruego que me disculpe pero la llamo porque tiene usted pendiente de abonar a Hacienda una cantidad importante sobre unos impuestos atrasados de la fábrica de su marido, este pago lo tenía aplazado su difunto marido a cinco años, y justo ahora se ha cumplido ese plazo. Como su marido falleció, es usted la subsidiaria de esta deuda. Lamento decirle que desde hace ocho días su saldo está a cero”.

      Carmen quedó, primero frustrada porque la llamada no era de “su” Stanley, pero lo que acababa de oír la dejó sorprendida y preocupada.

      “-¿Cómo dice usted, que la cuenta está a cero?”

“Efectivamente, así es. Hace ocho días la cuenta que tiene usted, la que tiene mancomunada con D. Stanley Dupont, quedó cerrada por este retirando todos los fondos, si quiere usted que le recuerde la cantidad, eran 850.000 euros”.

Lo que acababa de escuchar la dejó abatida de dolor. ¿Que tenía que hacer frente a una deuda de la que no sabía su existencia hasta hoy?
¿Que su cuenta estaba a cero? ¿Qué Stanley había retirado todos los fondos sin comentarle nada a ella? ¿Qué ella era subsidiaria de la deuda?

      No supo que contestar a sus propias preguntas, tan llenas de lógica por otro lado, así que hizo lo más normal, primero se disculpó ante el empleado y pidió que le pasara la llamada al Director del Banco, quería oír de boca de este o una disculpa y que había un error o que, por el contrario le confirmara los datos.

      Efectivamente, habló con el Director de la entidad bancaria  el cual, sorprendentemente para ella, le corroboró punto por punto todo lo explicado por su empleado y además, con la amabilidad propia de los Directores de Banco, la invitó amablemente a que, lo antes posible, le diera una respuesta, pues el pago era perentorio,  solo había cuarenta y ocho horas de margen si no debería hacer frente a una fuerte sanción por demora, dada la importancia de la cantidad adeudada.

      Carmen colgó el teléfono y se sentó desolada en el sofá. No quiso llamar a sus hijos todavía, antes de darles el disgusto quería meditar, necesitaba tiempo, tiempo para aclarar su mente que en aquellos momentos estaba atiborrada de sensaciones contrapuestas, y todas a cual peor.  Su corazón estaba desgarrado.

Ella nunca se había preocupado en exceso por los temas económicos, de esto se ocupaba su difunto marido, pero, recordó de repente que, a los pocos meses de su relación con Stanley, un día, este le sugirió que mancomunara la cuenta con él para que él siguiera ocupándose de todo y ella no tuviera que molestarse con nada relacionado con temas económicos. Ella accedió pues Stanley era en su vida, aparte de sus hijos lo más importante y, pese a no estar casados, su confianza era absoluta. Era su hombre, su amor, su vida, vivía por él y para él.

Y ahora acababa de darse cuenta de su tremendo error, STANLLEY LA HABÍA ROBADO, había traicionado su confianza, y desde luego su amor. Le había robado por partida doble, le había mentido en el amor y estafado con el dinero, y en estos momentos no sabía qué le dolía más. Nunca la amó, la engatusó. ¡Todas sus muestras de amor habían sido solo teatro! ¡Un lobo con piel de cordero!

Empezó a llorar desesperadamente. El hombre de quien se enamoró perdidamente la traicionó, la había sumido en el más profundo dolor que pueda sentir el alma, aparte de haberse llevado todo su dinero. Había resultado ser un granuja, un estafador, un…

 que solo había estado con ella esperando la oportunidad para dejarla en la miseria, todo había sido una miserable estrategia urdida por un vil canalla.

Presa de un dolor inenarrable, se sintió muy mal, y tuvo que echarse en el sofá, donde siguió llorando desconsoladamente durante mucho tiempo. Tendría que rehacer su vida, replanteársela, y pasar por el dolor de contar a sus hijos lo sucedido.

Pasaron dos largos años, muy largos. Y allí estaba Carmen, sentada en su balancín, recordando con amargura, una vez más, toda la historia. En su vida desde luego que no habían faltado luces ni sombras.

Sus hijos naturalmente no la desatendieron y le transferían todos los meses una cantidad suficiente para que a ella siguiera sin faltarle de nada, pero a Carmen le faltaba de todo, o, por ser más precisos, le sobraba ya todo, incluso la propia vida. Ella yo no se sentía viva, sino más bien vegetaba. No tenía calidad de vida. Las fuerzas y las ganas de vivir le desaparecieron. Ella siempre decía que no le temía a la muerte, temía al sufrimiento. Desgraciadamente tenía que hacer frente a la vida a costa de sufrir… Sufrir un gran desamor. Creyó poseer al lado de su ¨príncipe¨ el tesoro más grande de la tierra, el AMOR. Stanley, la destruyó. Quedó reducida a cenizas.

Se sentía más sola que nunca, triste y desgarrada, pero la vida seguía y ella seguía formando parte de ella. La tarde se vino encima. El sol se ocultó tras las azuladas montañas en el horizonte dejando en el cielo un tono rojizo que se diluyó en pocos minutos. Las sombras eran ya reinas del lugar. Carmen se levantó del balancín, y entró en casa. La tarde había refrescado mucho. Ya era noche cerrada. Todo estaba en silencio y oscuro, al igual que lo estaba su espíritu al haber “vuelto a pasar por su corazón”, recordar, tantos y tan tristes recuerdos.

Cerró la puerta de casa, encendió la luz de una lámpara de pie y fue hacia la cocina a prepararse una taza de Cola Cao y unos cereales para cenar. Después se fue a la cama. Su cama estaba vacía y fría…

Fin…

” La tarjeta de visita de la maldad, a menudo se representa con una hermosa sonrisa”
(Cita de la autora)

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