marzo 13, 2021

EL PRINCIPE Y LA PRINCESA

Versión narrada por Julio Porcel.

INTRODUCCIÓN   

     Unos más y otros menos, todos conservamos en algún rinconcito de nuestro corazón  algo de cuando éramos niños. Y es en esa etapa de nuestra vida, cuando vivimos en una fantasía continua, una facultad  que nunca deberíamos perder, ni aun de adultos, porque, el día que la fantasía desaparezca del mundo, este desaparecerá con ella. 
Por eso he escrito este cuento, que me ha hecho recordar aquellos años de mi infancia, lleno de príncipes, princesas y castillos… y he vuelto a sentirme niña.

EL PRINCIPE Y LA PRINCESA

      Aquella tarde primaveral, un joven príncipe se dirigía a caballo hacia un reino lejano del suyo, como embajador de su padre, el rey. Tres días después de partir se internó en un espeso bosque. Cuando se quiso dar cuenta, se había extraviado y no sabía cómo salir de allí. Dando vueltas y más vueltas entre la espesura de árboles, zarzas y enredaderas que no le dejaban apenas avanzar, se sintió muy cansado y, tras encender una lumbre y sacar de la bolsa que colgaba de uno de los costados de su caballo unos alimentos, entre ellos fresas y moras silvestres que había cogido por el bosque, se sentó delante del fuego. Antes había dado de beber al caballo  que, tranquilo, comía pasto cerca de su amo.

      Pronto se hizo noche cerrada. El príncipe  echó una manta  sobre la fresca hierba, se tumbó en ella  y rápidamente quedó dormido.

      Abrió los ojos por la mañana temprano, despertado por los ruidos propios del bosque como las ramas de los arboles zarandeadas por el viento, de animales que buscaban su alimento y por el graznido de las numerosas aves que cruzaban los cielos. Era una mañana esplendida, y a pesar de su inquietud por encontrar una salida, disfrutó de la suave brisa procedente de los pinares de alrededor, que le traía  aromas de resina, hinojo, tomillo, romero y otras plantas.  El ciclo de la vida había empezado un día más y los animales se movían en todas direcciones buscando su sustento. Preparó los arneses para reemprender el camino, colocó el sillín sobre su caballo, se subió a él y reinició  la ruta.

      Tardó más de dos horas en encontrar una salida a aquel  laberinto que representaba la arboleda y matojos de toda naturaleza. Salió a campo abierto y, afortunadamente, al rato, encontró una senda que siguió.

      Era cerca del mediodía porque el sol estaba en todo lo alto,  cuando divisó, a lo lejos, un castillo cuyas murallas y torres destacaban nítidamente sobre un cielo azul límpido. Todo brillaba con la potente luz del sol. Se acercó a las murallas con el fin de pedir asilo durante unas horas para reponerse.

      Al trote avanzaba su caballo y el príncipe divisó al poco tiempo, ya cerca de las murallas, una figura difusa que no se correspondía con la de un soldado. Se acercó aún más y se dio cuenta de que se trataba de una joven mujer, con una hermosa y larga cabellera rubia.
Estaba vestida toda de blanco. Cuando se situó justo debajo de la muralla, a corta distancia para poder levantar cómodamente la cabeza hacia arriba, pudo contemplar la belleza que de aquella mujer. Su corazón le dio un vuelco que no pudo reprimir y dirigiéndose a ella, haciendo señas desde abajo con sus manos le dijo:

“- Buenos días, bella dama. Voy en ruta por encargo de mi padre, pero me perdí y me he desviado de mi camino. Al ver este castillo en pensé en acercarme y pedir asilo para descansar- agregando- perdón por mi osadía, pero desde que os he visto he quedado prendado de vuestra hermosura. ¿Quién sois?

      “- Soy una princesa y habito en este castillo con mi padre el rey, y nuestro pueblo, ¿y vos, quien sois?”

      La voz de la mujer sonaba a música celestial en los oídos del príncipe, por la gracia que emitían lo sonidos que salían de aquella boca  color carmesí perfectamente dibujada en su cara angelical.

     “- Soy príncipe también, como vos. Mi reino está a varios días de aquí a caballo. Me dirijo en misión de embajador de mi padre cuando he tenido la dicha de tropezarme con vos. 

A la princesa le agradó el joven, así como también admiró los bellos ropajes que vestía que hacían que tuviera un elegante porte. A su espalda colgaba una preciosa capa de terciopelo azul con bordados de su estirpe en rojo, blanco y amarillo,

“- Bello príncipe, yo también me fijé en vos, desde que os vi aparecer a lo lejos, y he deciros que mi corazón palpita agitadamente.

      “- Permitidme, señora, que, para demostrar lo que siento por vos, saque mi laúd y entone unos versos que salen directamente de mi corazón enamorado“.   

      Y sin más, sacó el instrumento musical, del cual salieron unas notas exquisitas que dejaron a la princesa extasiada

      La princesa sonrió feliz y le dijo:

      “- Hermoso príncipe, con la belleza de las notas que me habéis dedicado, me he inspirado, y yo a mi vez, si me lo permitís, quisiera devolver vuestra galantería con unos versos”.

      Y con la misma música de él, que le hizo repetir en el laúd, cantó desde arriba:

Desde lo alto del castillo,

os vi aparecer a caballo,

muy elegante y erguido.

Entonces pensé en no moverme

de esta parte del castillo.

      El príncipe sintió su corazón  latir como un caballo desbocado. Al terminar la estrofa le dijo: 

     “- Mi bella y hermosa dama, os ruego deis orden a los soldados de que bajen el puente levadizo para estar mas cerca de vos, estoy deseoso de entrar para contemplaros de cerca –“

Y, con inmensa felicidad de él, ella le contestó, llena de ingenuidad y con la osadía propia de su corta edad y ardientes deseos, espontánea pero sinceramente, porque fue un impulso que salió directamente de su corazón:

       -“Si, pronto entrareis –“

     “- Oh, bella princesa –replicó él– vuestra respuesta alegra mi corazón.

      “- No os alteréis, joven, doy orden enseguida a la guardia de bajar el puente levadizo”.

El príncipe, al trote de su caballo, lo atravesó y penetró en el patio de armas, que es, junto a la Torre del Homenaje, centro de todo castillo. Ella desde arriba le hizo un gesto,  para que subiera adonde estaba ella. Él subió los escalones de piedra de tres en tres y, en cuanto llegó arriba, la miró unos segundos quedando aún más prendado de su belleza que cuando la veía desde abajo. Tomó su tersa y delicada mano con sólo dos dedos de la suya  y, con una grácil inclinación,  la elevó hacia su boca y la besó con suma delicadeza. Sintió en sus labios un tacto como si rozara el pétalo de una rosa. Levantó la cara hacia ella, y viéndose reflejado en sus pupilas.

    El rey otorgó permiso al príncipe para que descansara allí el tiempo que creyera necesario.  El príncipe no  se veía con ganas de irse. Así pasaron dos semanas. El se había enamorado de la princesa nada más verla y necesitaba saber si ella también lo estaba de él. Sin más preámbulos  se atrevió a hablar con ella “- Princesa, estoy enamorado de vos y sería muy feliz  si os casarais conmigo.

Ella lo miró con intensidad y enseguida le respondió.

      “- Jamás hubo mujer alguna que os amara como yo lo he hecho desde el primer instante en que os vi. En cuanto hable con mi padre  se harán los preparativos. Mientras tanto volveréis a vuestro reino posponiendo la misión encargada por vuestro padre. Ordenará el mío que os acompañen unos caballeros armados para que no hagáis el camino de vuelta solo y así evitar peligros. 

      Cuando hayáis informado a vuestros padres, y tengamos aquí todos los preparativos ultimados, os mandaré un mensajero advirtiéndoos para que, en cuanto podáis, vengáis con ellos y los miembros de vuestra Corte para asistir a la celebración de nuestra boda”.

      El príncipe escuchaba embelesado cada palabra que salía de aquella boca de color amapola y, muy complacido le contestó:

     “- Será como vos queráis, porque sois dueña de mi corazón. Amaré a vuestro pueblo tanto como a vos, y ellos estoy seguro que ellos también lo harán porque sé que son fieles. 

     Haremos asar los mejores ciervos, corderos, faisanes y pichones. Será un banquete maravilloso. Haremos venir también desde los reinos vecinos a titiriteros, trovadores, juglares  y traga fuegos, danzarines y domadores de animales, para nuestra diversión y la del pueblo”.

      Ella lo escuchaba ensimismada, pero, en este punto y dejándose llevar una vez más por la espontaneidad, signo inequívoco de la inocencia de su aniñado corazón le interrumpió para decir: 

      “- Amado mío, ¿os parece bien que tengamos un perro?

 Tengo debilidad con estos animales”

El príncipe asintió a su angelical petición. Le encantaba cada momento  que pasaba cerca de su cándida amada.

     “- Claro que si mi amor, soy esclavo de vuestros deseos”

      Y continuó:

      “- Cierro los ojos y veo el día de nuestro enlace. Las callejuelas y plazas llenas de gente con sus mejores ropas, los balcones adornados con tapices y guirnaldas de flores colgando de ellos, aclamando a sus príncipes sin cesar.      

    En lo alto, el sol brillará como nunca aunque tendrá que competir en luz con vos, y la noche de bodas estará iluminada por los rayos de la luna llena. Vos sois como el sol, yo seré como la luna, y nos amaremos a su luz”.

      Dicho esto no pudo reprimirse  más, y acercó sus labios a los de ella, depositando un suave y casto beso. Lo repitió por segunda vez, pero esta ya fue un beso de amor profundo, intenso, que sació a ambos. Al retirar su boca, el príncipe notó en su paladar había quedado un sabor que nunca olvidaría.

     “- Mi amor, decidme ¿de qué color deseáis que sea vuestro vestido de novia? Encargaré a nuestro embajador en el lejano Oriente, en la China milenaria, que envíe las mejores sedas para que cubran vuestro cuerpo en ese día tan señalado”.

      “- Bello príncipe, que sea blanco como el azahar”.

Y él continuó:

     “- Haré traer desde la India aromas de incienso, sándalo y canela  para que perfumen la catedral cuando vos entréis, del brazo de vuestro padre, el rey”.

Palabras a las que la princesa respondió:

      “- Me gustaría entrar en la catedral caminando sobre pétalos de rosa de diferentes colores, eso hará que mi vestido blanco destaque sobre sobre ellos.  Quiero también– continuó– que muestra historia de amor sea impresa sobre  pergaminos para que cada uno de nuestros invitados la conozcan y sepan como nuestro amor traspasó los muros del castillo del reino de mi padre, el Rey Ángel”.

     “- Si, hermosa doncella. Daremos orden para que, al salir de la catedral, convertidos ya en marido y mujer tengamos preparada una carroza descapotada, adornada con guirnaldas de flores, para pasear por las calles de vuestro reino y que así nos puedan ver y disfrutar, sobre todo, de la belleza de la más bella de las flores, que sois vos, mi adorada Yani.  

     Además así conoceré a vuestra gente, a vuestro pueblo. Deseo ardientemente que durante los festejos, que durarán tres días,  disfruten de mucha comida, bebida y diversión. Días más tarde, cuando ya vivamos en vuestro castillo, haremos clavar  un edicto en las plazas invitando a que, por orden, todos vuestros súbditos nos visiten para que sepamos cuáles son sus necesidades y estudiar la manera de ayudarles.”

      Pocas semanas después tuvo lugar la boda principesca de una historia de amor jamás conocida en el reino. aún la historia de amor de los príncipes que se enamoraron en cuanto se vieron. 

      Años después, se convirtieron en reyes viviendo para siempre felices.  

FIN

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