enero 20, 2021

CUANDO DIGO NO, ES NO

Empezaré este relato haciendo dos observaciones. La primera es que lo mismo que se anuncia en las películas para hacerlas más atractivas y comerciales, eso de: “Basada en hechos reales”, esto que van a leer ustedes me sucedió a mi, fue auténtico.

La segunda es que contiene una enseñanza, o al menos una confirmación a lo que todos sabemos, y es lo pronto que, lamentablemente, perdemos la inocencia, aún siendo todavía pequeños. Cómo la maldad, de forma imperceptible, se va deslizando, suavemente, por nuestro ánimo o carácter instalándose en nuestro interior, y si acaso usar este vocablo, maldad, representa un rasgo del carácter excesivamente potente, lo suavizaré transformándolo en malicia.

¿Por qué nos empiezan a salir garras y dientes afilados en cuanto empezamos a tener uso de razón?  

Y voy ya con la historia.

Es mi costumbre salir a caminar por los caminos de mi pueblo cada día, con mis amigas. Somos un grupo que disfrutamos haciendo largas caminatas e ir después a desayunar a alguno de los bares por los que pasamos cerca. Por un lado es la excusa perfecta para salir un rato de casa y otra cosa que nos brinda esta salida mañanera es confraternizar, socializar con mas gente.

Allí es común que se reúnan, que nos reunamos, todos los días casi las mismas personas. Solemos mantener charlas, debates, y comentarios de actualidad.

Cada cual tiene su grupo particular, pero es bonito vernos, pararnos unos minutos, darnos los buenos días, y preguntar por la salud.

Por cierto que en nuestro país, en los últimos tiempos, cuando no es por H es por B, lo que se dice que falten temas de conversación, nunca faltan. Cuando no son los políticos, aquí hay tema para dar y para regalar, porque nos alimentan los debates diarios con sus gracias un día sí y otro también, y aquí sálvese quien pueda, es otro personaje siniestro que, desde hace un año, se nos ha colado a todos, el gran protagonista, me refiero al dichoso Corona Virus de nuestras culpas. Estos últimos días, incluso las terribles nevadas y fríos, y con ellos los problemas que nos ha traído otro elemento también “muy simpático” y sociable, me refiero al temporal Filomena también es tema de conversación. En fin, que hablamos de lo divino y de lo humano, aunque me he desviado un poco de la historia original, que retomo.

    Tenemos un paseo  donde algunos días, sobre todo si está bueno, nos sentamos un rato después del desayuno a ver jugar a los niños y niñas.  El  paseo está rodeado por unos preciosos árboles, son pequeños de tamaño, pero que se ponen preciosos en primavera.

Uno de esos días que en nada se distinguía de otros, era ya verano, el paseo, como siempre, estaba repleto de chiquillos. Entre ellos vi a una niña, muy graciosa y bonita, con sus trenzas que le caían a ambos lados de la cara, como antes, porque ahora rara vez se ven, subida a un patinete, dando vueltas y más vueltas por el paseo, dándose impulso de vez en cuando con su pierna derecha, pues no es un patín de esos eléctricos.

¿Su edad? no creo que pasara de los siete u ocho años.

      Una de las veces que pasó delante de mí le hice una seña para que se acercara. Así lo hizo,  se puso en jarras delante de mí y me preguntó qué quería. Yo  le contesté en tono gracioso a ver por donde me salía:

“-Hola, estoy mirando tu patinete y me gusta mucho, es muy bonito, ¿me dejas que dé una vuelta con él?

      “-No”. 

      Así de simple y escueta fue la respuesta de la niña.

¿Sabéis qué? Me encanta esta manera de expresarse de los niños, van al grano, dicen directamente lo que quieren decir, no le dan esos rodeos que le damos los adultos sobre todo cuando queremos justificar algo. Decir no, en el mundo adulto es, por ejemplo, algo que casi siempre intentamos justificar y que a muchos incluso cuesta pronunciar.

      Tras este “no tan rotundo de la chiquilla, yo la verdad es que me quedé un poco desconcertada, no esperaba esa negativa tan tajante. Así que le insistí. Aquí ya fui un poco más explícita, pero me confirmó en el mismo todo imperativo:

      “-Te he dicho que nó”.

      Yo, de todas maneras y para seguir un poco más el juego, al ratillo le volví a preguntar, esta vez de lejos:

      “-Qué, ¿me lo prestas?”

      Y esta vez la niña es que  no me hizo ni caso. Que rápido aprendemos o empezamos a  escenificar el desprecio, ¡que pronto se aprende lo malo! El caso es que ahí quedó todo.

      Pasaron dos o tres días de esa escena, y uno de ellos, cuando nos dirigíamos de nuevo a caminar me paré en un quiosco a comprar unas chucherías para mi nieto. Me acordé de la chiquilla del patinete y pensé en comprarle un paquete de gusanitos. Así lo hice.

      Salimos del bar tras el ratillo de conversación y, también, como de costumbre, nos sentamos en el paseo. Todo estaba igual que todos los días, la escena se repetía, los niños correteando y chillando, a veces incluso molestando con sus gritos, pero hay que perdonarlos (y soportarlos) porque son críos,  y la niña de las trenzas (como yo la llamaba interiormente) subida a su ya conocido patín.

      Me acordé del paquete de chucherías, y una de las veces que pasó delante de mí le dije:

      “-Párate, (ignoraba cómo se llamaba)  ¿a que no sabes que  he traído una cosita para ti? 

      Se paró  delante de mí, y siguió con curiosidad en  su mirada el curso de la mano que me introduje en el bolso a ver qué sacaba de él. 

Era el paquete de gusanitos. La niña lo miró y enseguida le echó mano, sin remilgo alguno. Se notaba en su cara que le había gustado el detalle. Lo cogió, me dio las gracias fríamente, puso la chuchería en una pequeña mochila que colgaba de su espalda y siguió dando vueltas por allí con su patinete.

      ¿Verdad querido lector(a), que hasta aquí todo se ve normal? 

Lo realmente curioso, feo, y discordante en esta simpática historia es lo que sigue:

      “- ¡Pero no creas que porque me has dado una chuchería  te voy a prestar el patinete!” ¡Cuando digo que no es no! Y con el mayor desparpajo del mundo, se subió y siguió dando vueltas por allí. 

Creánme, queridos amigos(as), aquello de verdad que desconcertó tanto que quedé boquiabierta.

¿Qué pensamientos pasarían por la cabeza de aquella niña para, a los pocos instantes de darle la chuchería, decirme aquello?

¿Cómo asoció ella que podría sentirse comprometida conmigo a “prestarme” su patinete porque yo le había regalado algo?

Cada cual que saque sus conclusiones, pero aquello desde luego, a mi me dejó bastante conmocionada y se me quedó grabado en mi mente para siempre.

Tanto me impactó que me ha inspirado a escribir este poema:

Malicia




Tiempo hace que pateo
por este planeta precioso,
más por mucho que ha aprendido,
aún observo actos penosos.


Es para sentir tristeza,
porque además se constata,
cómo la malicia abunda,
y cuando menos se espera ataca.


Sólo cuando se es pequeño
vivimos en la inocencia,
pero al adquirir razón
se aleja de nuestra presencia.


Tengo un caso en mi memoria
que más bien es un lamento,
y de eso va esta historia
que ya sin demora os cuento.


Conocí a una chiquilla
de unos siete u ocho años
muy graciosa y algo pilla,
lo que se dice: un encanto.


Salía a divertirse a veces
subida en un patinete,
yo, por meterme con ella,
le dije un día de repente:

“Préstame tu patinete
déjame dar una vuelta”
me dijo que no
y así se quedó, tan fresca.


En un quiosco
le compré una chuchería,
para ver si con chantaje
el patinete prestaría.



Cuando pasó por mi lado
En el patinete montada
La llamé: “–Ven, acércate”
y le di la golosina.


Ella nada remilgosa,
me la cogió complacida,
ninguna pega me puso,
y se la guardó enseguida.


Hasta aquí todo normal
es muy sencillo el guion,
pero unos minutos después,
me llevé una gran impresión.


Porque se acercó hacia mí,
y así, sin venir a cuento
me dijo muy seriamente,
ante mi gran desconcierto:

“-No creas que porque me has dado

antes una chuchería
te prestaré el patinete
ni hoy ni ningún otro día”


Me llevé una gran sorpresa
que claro, nadie notó,
pero que yo, en mi interior,
¡las manos llevé a mi cabeza!


¿Cómo una niña tan chica
con tan poquísima edad
pudo razonar así
y ya pensar con maldad?


Triste es que el ser humano
que al nacer es como un ángel,
pierda al crecer su inocencia,
y le aflore el lado insano.

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