noviembre 11, 2020

CEÑIDA EN PÁNICO

Basada en hechos reales.

12:00 del mediodía

El día está justo en su mitad y la luz del sol, en su punto culminante entra a raudales por el ventanal. Mi hijo me pregunta: “- Mamá ¿qué comeremos hoy?”

Y yo le contesto, con esa voz inigualable que tenemos las madres cuando regalamos ternura: “- A ver hijo, dime tú. ¿Qué te apetecería?”
“- Yo me comería una sopa de picadillo, y después una tortilla de patatas… es que guisas tan bien, mamá…si supieras como echo tus comidas de menos. Cocinas tan bien. ¡Eres tan especial!

13h

Ring, ring…
El estridente sonido del timbre de la puerta de la calle resuena inesperadamente en la tranquilidad de la sala haciéndome sobresaltar.
“- Mamá, no te ocupes, abro yo”
Pero antes de que terminara de decirlo, ya estaba yo abriendo.
Un amigo suyo, con cara jovial y agradable sonrisa aparece en la puerta aún entreabierta.
“- Hola, ¿está tu hijo?”
El niño oye la voz de su amigo desde su habitación y, elevando la suya un poco dice desde allí: “- Mamá, dile que salgo enseguida”.
Mi hijo aparece en el salón donde un momento antes he hecho pasar al recién llegado.

“- Mamá voy a salir un rato, pero a la hora de comer estaré aquí, al menos lo intentaré”.
Yo le comento, en un tono de voz donde se insinúa un cierto tonillo de reproche, aunque en mi voz también se aprecia la comprensión maternal: “- Pero hijo, ¿Te vas a la hora que es? Ahora te lías y ya no vendrás. Si vas a la feria, lo normal es que ya no regreses y pases allí el día.

15h

Cojo el móvil y marco el número de mi hijo que tengo programado en los contactos:
“- Niño, ¿Vas a venir a comer? La comida está ya lista hace rato y acabará por enfriarse”
Oigo la voz de mi hijo

“- Llevabas razón, mamá, ¡cómo me conoces!, ja,ja,ja, me he liado a tapear y no tengo ganas de comer; justo ahora estaba pidiendo un café en la barra.
Se oye a través del teléfono un trasfondo de cantos y algarabía y le comento:
“– Oigo música, ¿no estás en el pueblo, verdad? “
“- No, al final me animé y vine a la romería“. “- Me lo imaginaba –contesto con cierto tono de decepción- Y además casi seguro que ya no vuelves hasta mañana”.
“- Que no, mamá, que no… que me tomo el café y una copa y dentro de un rato regreso a casa, créeme.
“- Ay, los hijos “–musito quedamente para mí –
…Y pasaron unas horas

21h

Sola, sentada en la penumbra de la sala y en silencio, mi cabeza no para de dar vueltas. “Dios mío – hablo conmigo misma y los pensamientos que me fluyen no son nada tranquilizadores- mi hijo no llega y esto ya no me parece normal”. Noto como los latidos de mi corazón se aceleran. Voy a llamarlo otra vez.

Efectúo la llamada. Nada. Los tonos se suceden con intermitencia, pero no oigo la esperada voz de mi hijo. Insisto. Marco otra vez con el mismo resultado negativo. Insisto por tercera vez.
Los minutos pasan con lentitud desesperante, 15… 20 minutos…

Sigo sumida en mis pensamientos: “Ya debería estar aquí”. Mi corazón parece querer salirse de su habitáculo, se me forma un nudo en la garganta que me ahoga.

Decido llamarlo otra vez, pero con resultado negativo, mis llamadas no obtienen contestación. .
Pienso, cada vez más aterrada, que si todo estuviera bien, me habría devuelto la llamada, habría visto mis numerosas llamadas en el registro. Y con estos pensamientos negativos me voy alterando cada vez más, admitiendo, ya abiertamente, que ha debido de ocurrirle algo. Hago llamada a los amigos de su grupo y todos coinciden en la misma respuesta: que les dijo que se despedía ya de ellos porque volvía a casa.
Tras estas llamadas me sentí peor de lo que estaba, pensaba que algo le había sucedido.

22:30h

Ha transcurrido algo más de una hora, tiempo suficiente para que mi hijo estuviera en casa.


Decido comentar la situación con mi marido. Hasta este momento me he aguantado de hacerlo para no alarmarle a él también, aunque me imagino que estaría igual de intranquilo que yo, pero ya no puedo más. No obstante, antes de hacerlo, emprendo una acción más: llamo de nuevo a sus amigos. Nada, ninguna pista. La respuesta sigue siendo la misma de antes, me dan números de teléfonos de otros amigos, algunos me comentan que la última vez que le vieron seria sobre las nueve y media o las diez de la noche.


“Mira nene, – le digo a mi marido- el niño no llega, no me coge el teléfono y los amigos no saben nada de él. Estoy muy preocupada, supongo que tú también lo estás aunque no lo hayas comentado conmigo. Estoy asustada, así que vamos a coger el coche y salgamos en su busca.


Vamos a la cochera. Mi marido saca el coche y enseguida me subo al vehículo. En cuanto salimos a la carretera le comento:
”- Ojalá que lo encontremos pronto y que esté bien. Me da como un presentimiento de que algo haya podido suceder. No es normal en él este comportamiento, esta ausencia de noticias”.


Mis ojos, aunque muy cansados por la tensión que me ha invadido toda la tarde, los llevo abiertos como platos, ni pestañeo mirando atentamente las cunetas, observando meticulosamente cada tramo que recorre el coche, haciendo un esfuerzo porque había niebla.


Nada se ve, nada se oye, y la ansiada llamada a mi móvil no se produce…mientras tanto, el reloj corre, la noche envuelve el entorno con su manto de oscuridad.

Medianoche

Sin haber detectado nada por la carretera, llegamos a la entrada de la romería.

Vislumbramos a lo lejos una patrulla de la Guardia Civil con las luces de alarma en el techo del vehículo lanzando destellos continuos, y gente a su alrededor.


Mi corazón da un vuelco, parece que se me va a salir del pecho. “- Dios mío, algo ha pasado, y debe de ser con mi hijo”. A duras penas contengo mi angustia que es incontenible en los pocos metros que quedan para llegar adonde está el grupo de gente y la autoridad.

Mi marido detiene el coche casi en seco, abro apresuradamente la puerta y casi de un salto me baje de él.

Con mi marido a mi lado, corrimos hasta llegar al grupo. No sé de qué manera me abrí paso y llegué al centro.

Gracias a Dios no era mi hijo el motivo de aquella escena.

Me dirigí a uno de los agentes preguntándole nerviosamente si había habido alguna comunicación sobre accidentes por las cercanías.

Le expliqué el porqué de mi pregunta y la angustia por la que atravesaba. El agente me contestó amablemente que nó, incluso me consoló diciéndome que debía hacer un esfuerzo por tranquilizarme; que si algo hubiera sucedido en la amplia zona que cubrían con su servicio les hubiera sido comunicado inmediatamente.

Aquello cierto es que no me tranquilizó demasiado, al menos no por demasiado tiempo pero aprecié su amabilidad a la vez que buena voluntad, se lo agradecí y me despedí.

Dimos una vuelta por los alrededores de la romería, donde imperaban la alegría, las risas y los cánticos de la gente, propios del lugar y del momento. Este ambiente era un contrasentido con la angustia que mi marido y yo teníamos en nuestro interior, aquí y allá a los conocidos para indagar si sabían algo de mi hijo.

A todos cuantos abordamos con las preguntas, ninguno nos aportó noticia alguna.

A estas alturas mi marido y yo estábamos ya al borde del infarto. A mí el corazón me latía cada vez más fuerte, parecía chirriar, eran unos latidos descontrolados, porque el miedo es incompatible con la racionalidad.
No obstante, continuamos indagando.

1h

Comenzó a llover. Y lo hacía fuerte. El tiempo había estado variable durante toda la jornada. Con las prisas y nervios, no salimos provistos de paraguas, ni de ropa que nos protegiera de la lluvia. Estábamos empapados, pero eso era lo que menos nos importaba.

Recuerdo que me asomé a algunas tiendas de campaña. También que fue inoportuno en algún caso, y recibí algún que otro comentario fuera de lugar. Lo que en otro momento no habría hecho lo estaba haciendo aquella noche, presa de mi estado de ansiedad.

Resbalé más de una vez y caí al suelo embarrándome la ropa, chorreando agua y lodo. Nada de esto sentía. Mi mente, absorbida por la tensión, sólo la tenía fija en una cosa: encontrar a mi hijo de mi alma.

Seguíamos preguntando, siempre sin éxito en la respuesta que esperábamos hallar mi marido y yo. La gente alrededor, a pesar del mal tiempo, y con unas copitas de más, seguía cantando y bailando
Eché en falta algo de solidaridad, pues nadie se ofreció a ayudarnos.

Tras bastante tiempo deambulando, encontré a mi sobrina que estaba con su novio. Fue una aparición providencial, porque, aunque ellos tampoco lo habían visto desde hacía horas, se ofrecieron a acompañarnos en la búsqueda.

La noche oscura, con lluvia y viento no solo nos helaba el cuerpo, sino también el corazón.

2h

Súbitamente, como por arte de magia, cuando más desesperados estábamos sin saber que más hacer ni adonde dirigirnos, vimos a poca distancia un coche blanco que circulaba muy lentamente, con el cristal de la puerta del conductor bajado.
¡Era el coche de mi hijo y él estaba al volante! ¡Gracias Dios mío! ¡Estaba sano y salvo!

Al vernos detuvo el coche. Vislumbré su rostro, pues había una semipenumbra, y noté que estaba pálido y algo confundido.

Rápidamente me acerqué a la ventanilla. Introduje mi cabeza por esta, le cogí la suya y lo besé repetidamente. Estaba loca de alegría. Al mismo tiempo, de manera aturrullada no paraba de hacerle preguntas: “¿Dónde has estado? ¿Por qué no contestabas mis llamadas?”…y muchas más. Pero él no me contestó, ni sabía qué decir, y al parecer ignoraba hasta la hora que era. Se extrañó mucho de ver a su padre y a mí allí, a aquellas horas, empapados y yo además, toda embarrada. En su confusión creía que a quien les había sucedido algo era a nosotros, ya que tanto su padre como yo no somos personas de salir de noche, además de encontrarnos en ese estado.

Se cruzaron preguntas y respuestas.
Le dije que se pasara al asiento del copiloto, que conduciría yo, pero me dijo que estaba bien, que podía hacerlo él. Le insistí que por favor me cediera el asiento del volante, que su padre nos seguiría por detrás en nuestro automóvil. Por fin accedió a mi ruego y así lo hicimos.
Mi hijo no me pudo contar nada de lo sucedido, parecía haber perdido la memoria. Lo único que recordaba era mi última conversación con él en la que me decía que se venía para casa. Cuando colgó aquella llamada se dirigió al lugar donde tenía aparcado el coche, se acercó a él para subirse sin llegar a hacerlo.

Desde ese momento y hasta que volvió a tener conciencia de donde se encontraba fue un tiempo perdido en su mente. Él mismo se extrañó de encontrarse tirado en el suelo y mojado debajo de un olivo.

Al llegar a casa le dije que echara un vistazo al móvil y comprobara la cantidad de llamadas que le habíamos hecho y así comprendería mejor por qué decidimos ir a buscarlo. Cuál no sería su sorpresa cuando al echarse mano al bolsillo se encontró que no tenía el móvil. Me dijo: “Mamá, me lo han robado”.

Desde el mío hicimos un rastreo para ver donde había estado él porque no recordaba el lugar. Mi marido y él decidieron ir a buscar el móvil, cuando llegaron al lugar donde había estado inconsciente, no lo encontraron.

Dentro de la confusión de lo que pudo haber sucedido, llegamos a la hipotética conclusión de que alguien se hubiera fijado en el móvil ya que era un móvil caro, de última generación. Él empezaba a recordar que un hombre le pregunto qué móvil llevaba, que le gustaba. Mientras hablaba con este hombre, mi hijo refirió que tenía su copa aún en la mano por lo que llegamos a pensar que, en un descuido, alguien le habría echado algo en ella para que sucediera todo lo que aconteció, y que todo fue por robarle móvil.

Cómo madre pienso que mi niño también llevaría una copita de más… a ver, ¡Si estuvo todo el día de romería…! ¿Consecuencias?: las que tuvo y han quedado narradas…y “durmió por horas” debajo del olivo.

Pero mi hijo estaba ya en casa. Eso era lo vital para su padre y para mí. Nada importaba ya, ni la angustia ni el sufrimiento padecidos, todo lo dimos por bueno. Estábamos en casa, y eso era lo único importante. Lo sucedido en aquella noche aciaga queda relegado en nuestro recuerdo como un mal sueño.

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